Ayer vi al conejo de Alicia pinchandose caballo.
Llevaba puesta una camiseta de los Ramones
y apenas recordaba como era todo
antes de que la Reina Roja fuera derrocada
por un grupo republicano
liderado por uno de los enanos de Blancanieves.
También vi a Peter Pan, vomitando en una papelera
los restos de una noche en que de una vez por todas
intentó hacerse el mayor, y dejar de ser un niño,
mientras Campanilla y Wendy
se vendían por una copa
o por un par de caladas a un peta mal liado.
La carroza de la cenicienta voló por los aires
tras uno de esos bombazos que se metía
antes de que la ingresaran en un psiquiátrico por las alucinaciones.
Y ahora, al no tener que cuidar de ella,
su madrastra es una MILF mundialmente conocida,
deseada por todos los príncipes azules.
Superman ya no es el chico bueno que todos conocían
desde que una superheroina recorre sus venas
a través de una jeringuilla compartida con enfermedades por descubrir.
Hulk se pasa el día bebiendo Heineken,
fumando verde, y sin probar la verdura,
mientras da órdenes a sus padres desde el sofá.
La bella durmiente se despertó con resaca
y decidió volver a dormir, para siempre,
con una sobredosis de pastillas que pilló a la bruja.
Bruja a la que Robin Hood dio el palo
para aumentar las cuentas que tiene en paraísos fiscales,
tan solo con fines puramente lujuriosos.
Quizá quienes escribieron sus historias
veían siempre el vaso lleno.
O quizá soy yo, que ultimamente
ando mucho al borde del precipicio.
Andrés da Silva