Los mejores tesoros no se encuentran en barcos hundidos,
aparecen cuando eres tú el que se va a pique. Cuando vives en un constante
salto en paracaídas desde el borde de la cama, y nunca llegas al suelo. Quizás
por miedo a tirar de la anilla, y pegarte la hostia si no se abre.
Pero ahí es cuando la encuentras, y te hace perder el equilibrio,
la cordura, y hasta los pantalones. Te marca el rumbo sin conocer el camino,
pero tú te dejas llevar, porque estás perdido desde que apareció.
Ahí es cuando te besa y te das cuenta de que es la capital
de todos los pecados. Es la indecisión de no saber que cable es el que hay que
cortar. O esa mamada en un baño, cuando estabas a punto de volver a casa a
masturbarte en soledad.
Dormir a su lado y verla despertar es mejor que cualquier
tipo de paraíso. O de infierno. Le tiene envidia hasta esa dulce Jane a la que
cantaba aquel viejo rockero que nunca llegó a atarla con las cuerdas de su
guitarra.
Y ahora, ella, desafinada, se deja volar de verso en verso, disfrazada de musa, buscando algún poeta al que hundir, para convertirlo en tesoro.
Andrés da Silva
Andrés da Silva
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