Tumbado en la cama cierro los ojos.
Veo el reflejo de las estrellas,
sobre el mar azul de tus ojos.
Millones de pensamientos invaden
la cabeza de este pobre loco,
cuyo corazón avanza desbocado,
sin posibilidad de freno,
ni de marcha atrás,
ni de bajada en marcha.
Pienso en como besarás.
Lo hago muy a menudo,
quizá más de lo debido.
Quiero saberlo,
pero no quiero que me lo cuentes,
quiero averiguarlo.
Una mirada tuya,
una palabra tuya,
tan solo un gesto tuyo
logran embriagarme del amor.
No de un amor,
del amor,
de tu amor.
Mi mente vuela,
lejos,
a lugares desconocidos para mí,
pues yo tengo bastante
con poder observar tus ojos,
tan solo con poder pensarlos.
Al mirarlos se me ocurren cantidad de versos
que me encantaría dedicarte,
versos con los que contaminar tus oidos,
o tus ojos,
mientras estamos abrazados
en la misma cama,
en la que ahora me hallo.
Quizá no,
pues esta es mi casa.
¿Que importa eso?
Te preguntarás.
Yo te lo explico:
Lo que importa no es cual es mi casa,
sino cual va a ser la nuestra.
Quiero que tus ojos se cierren
justo antes de que tus labios,
y los mios,
empiezen a jugar al pilla-pilla.
Justo antes de que mi mano,
furtiva,
se meta por debajo de tu camiseta,
y empiece a acariciarte la espalda.
Justo antes de desnudar
nuestros más íntimos y oscuros secretos.
Justo antes de que dejemos de existir por separado,
y enseñemos al mundo lo que significa quererse.
Andrés da Silva
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