Ya llegó la noche,
pero no importa,
ella sigue ahí,
sentada en ese triste portal,
observando a la luna.
Sueña con ser como ella,
pero no sabe que es mejor.
El tiempo pasa,
al igual que la gente,
sin hacerle caso,
sin detenerse a observarla,
perdiendo la oportunidad de encontrarse con sus ojos,
unos de los más bonitos que jamás he visto,
que brillan en su cara con más fuerza que la imagen de su luna en el mar,
enloqueciendo a todos aquellos que los ven,
como si fueran cantos de sirena.
Tambien desperdician la de entrar en su corazón,
pisoteado una y otra vez,
pero jamás roto,
que sigue marcando el compás de su vida,
y de la gente a la que quiere,
con los que lo comparte.
En su cara, siempre una sonrisa.
No importa lo que digan,
jamás lograrán borrarsela.
Ella sigue allí sentada,
impasiva, a pesar del frío,
imaginando los destinos que tomaría,
dejando atrás todo lo que la impedía avanzar,
cubierta con su negra camiseta de Marea,
con los cascos en su oreja,
y en el bolso del pantalón,
aquel poema que una vez le escribieron.
Andrés da Silva
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