jueves, 18 de abril de 2013

PROMESAS ROTAS

Hoy es uno de esos días en los que te sientes defraudado. Alguien que te prometió algo, lo incumple. No, la promesa no fue hace tiempo, fue ayer. Esta clase de cosas son las que me destrozan, me hacen mierda. Pocas cosas me duelen, y una de ellas es que me fallen, que no cumplan las promesas, pero no hay ya nada que hacer. Lo que pasó,  pasó.  Solo queda lo de siempre, salir a la calle, con una sonrisa, y con los cascos puestos, fingiendo que nada pasó. Mañana será otro día.  Veremos que toca aguantar, si hay fuerzas para ello, y si merece la pena..

Andrés da Silva

TEMPESTAD

Odio, tristeza, impotencia, malestar, ganas de desaparecer... Todo eso pasaba por mi cabeza. Ah, claro, el porqué: llevaba una semana sin ver a mi novio, y cuando por fin pudo quedar, me dejó. Fue un hola y adios. Se iba con sus amigos. Y con otra chica. Ahora entendeis que esté así, ¿no? Decidí salir al puerto, sola. Mientras paseaba, me encontré en el suelo un anillo. Tenía grabados dos nombres, parecía de pedida. Mientras lo observaba, un chico apareció.
-¿Te pasa algo?
-No, simplemente tuve un mal día. Dije, mientras me secaba las lágrimas que aún brotaban de mis ojos.
-¿Y ese anillo que no dejas de mirar?
-No se, me lo acabo de encontrar en el suelo. Voy a dejarlo en la oficina de objetos perdidos.
-¿Puedo acompañarte?
-Claro. Respondí.
Dicho y hecho, al poco ya lo habíamos dejado allí.
-¿Te apetece dar una vuelta en barco? Dijo.
-Me encantaría.
Volvimos al puerto y me llevó a su barco. Se llamaba Pegaso. Era pequeño, pero muy bonito. Estuvimos un buen rato navegando, hasta que dimos la vuelta por culpa de la oscuridad de la noche. Nos fuimos a casa. Seguimos quedando, y con el tiempo, empezamos a salir. Eramos muy felices, hasta que empezamos a discutir. Llegó a un punto en el que no lo soporté más, y le dejé. Se fue llorando. Los días siguientes no supe nada de él. No contestaba a mis llamadas. Finalmente, unos marineros vieron su bote, destrozado contra unas rocas, pero no se sabía nada de él. A la semana, su cuerpo desnudo y putrefacto apareció flotando en el puerto, en la zona en que había encontrado el anillo. Jamás se me olvidará la imagen de aquel cuerpo, flotando sin vida, pues desde entonces es dueño de mis sueños, haciendome sufrir, noche tras noche, terribles pesadillas.

Andrés da Silva

domingo, 14 de abril de 2013

AVIONES A PUNTO DE SALIR

Mi móvil empezó a sonar. ¿Sería la llamada que esperaba ansiosa? Descolgué. Sí, lo era. Era el taxista que me llevaría rumbo al aeropuerto para coger el avión que me llevaría de nuevo a casa, tras quince días de vacaciones. Llegué, y tras pasar los controles rutinarios, subí al avión. Busqué mi asiento, coloqué mi maleta en el portaequipajes, y me senté. La gente fue sentandose, hasta que llegó la hora de salir. Delante mío estaba sentada una pareja de adolescentes. Iban de la mano, ella se apoyaba sobre su hombro, y cada poco se daban un besito. Era bastante romántico. Me recordaba a mí, con mi chica, hace tiempo, pues ahora no estabamos demasiado bien. Díscutíamos mucho, y por tonterías. Dejé de pensar en ello, pues me estaban empezando a brotar lágrimas de los ojos. Volví a mirarlos. Ahora empecé a pesar en todos los buenos momentos que habíamos vivido. Eramos como aquellos adolescentes, ¿qué nos había pasado? Ellos seguían a los suyo, sin soltarse las manos, dejando que sus lenguas se fundieran, e incluso, durmiendose ella sobre su hombro un ratito. Un golpe azotó el avión. Había revuelo entre la gente. Por megafonía dijeron que tan solo eran turbulencias. Esto tranquilizó a la mayoria de la gente. No a la chica de delante, la cual temblaba medio llorosa.  Él la abrazó muy fuerte, y le dijo: "Tranquila, no pasará nada, te lo prometo". Ella sonrió y le dio un besito, pero no le dejo soltarla. Mi cristal reflejaba la parte de atrás del avión, y vi como salía humo negro de la cola. Algo había impactado, y la había roto. Estabamos cayendo. No dije nada para no alertar a la gente. Ibamos a caer sobre mar, y rápidamente las mascarilas y los chalecos salvavidas cayeron de encima nuestro. Por megafonia dijeron que era por seguridad, pero que no pasaba nada. El avión chocó contra la superficie del agua, explotando. Me desperté en el hospital, pensando en aquella pareja, chicos a los que aun les quedaba tanto por vivir.. ¿Qué habría sido de ellos? No lo sabía, y probablemente nunca lo sabría..

Andrés da Silva

TAN SOLO AMOR

Dar todo por alguien tiene su recompensa, por llamarlo de algun modo: que ese alguien no de nada por ti y te quedes jodido. No es precisamente una sensacion agradable, pero es lo que toca, todo a cambio de enamorarse,  a veces tan mágico, a veces tan mierda..

Andrés da Silva

lunes, 8 de abril de 2013

LA HISTORIA DE RAFAEL


Andrés da Silva

viernes, 5 de abril de 2013

OJOS DEL AMOR

Todo comenzó en aquel asador.. Él estaba sentado en la mesa que había pegada al cristal que daba a la calle. Había sido casualidad. Llevaba todo el dia de turismo en aquella ciudad, sin dejar de mirar los ojos de ninguna chica que pasaba. Era la ciudad que tenia las chicas con los ojos mas bonitos en la que jamas habia estado. Alli sentado, delante del filete y las patatas, seguia su rutina a traves del cristal. Cuando miraba a una de las chicas, esta le miró tambien a los ojos, y en vez de apartar la vista, como las demas, ella tambien se quedó mirandole, con rostro serio, sin dejar de caminar.  Ella le sonrió.  Él le devolvio la sonrisa.  Sabia que aqyella era su chica, se había enamorado. Tiró un billete que pagaba sobradamente su comida, y salió corriendo a buscarla. Ella iba con una amiga, y se sobresaltaton al verle llegar corriendo, pero pronto le reconoció. Su amiga sonrió,  pues iban hablando de él,  ella se sonrojó mucho, y él,  sin mas dilación, se presentó. No dejaba de mirarla. Apenas la conocia de mas de cinco minutos, pero ya se conocía cada milimetro de su cara. Sus ojos, su nariz, sus pecas, su sonrisa, su pelo,... Se fueron y no volvi a saber nada de ellos. Era lógico,  pues no los conocía. Unos años mas tarde, la situacion se repitió,  pero no exactamente igual. Él estaba comiendo el mismo plato en la misma mesa, del mismo restaurante, pero esta vez no estaba solo, sino acompañado de ella, que estaba embarazada. Sonreí al verlos. No habia ninguna razón de peso, pero yo estaba feliz. Aquella ciudad habia unido a dos personas. Y dicha union no fue capaz de romperla ni el tiempo, ni el maldito espacio. Ellos me vieron, y pensé en saludarlos, pero rápidamente recordé que eramos completos desconocidos, a pesar de que, seguramente, habia sido el único que habia visto su historia, su preciosa historia.

Andrés da Silva

miércoles, 3 de abril de 2013

LA MALDICIÓN DEL SÁTRAPA

Alzó su vista al cielo, pues la enorme estátua del sátrapa tapaba la mayor parte de su visión. Sí, la estatua era de aquel gobernador de la antigua Persia que había alcanzado el poder gracias a la eugenesia, y que debido a su avaricia había sido condenado al ostracismo. A pesar del paso de los años, aquella estatua seguía ahí, quizas por respeto, quizás por miedo a la leyenda de que una maldición yacía sobre ella, la cual afectaba a todo el que la tocase. Impertérrito, decidí tocarla. No noté nada, pero la niña que me vio, comenzó a llorar. Se lo contó a sus padres, y se fueron lo más rápido que pudieron, maldiciendo en su idioma, y provocando el caos a su paso. A las pocas horas, nadie se acercaba a mí, y todos me miraban con desdén. Siempre había sido muy escéptico respecto a los temas de maldiciones. Fui a un restaurante a comer. Todos se levantaron y se fueron, excepto el dueño, el cual tenía más aprecio al dinero que a su vida. Pedí unos macarrones, y no tardó en traerlos a mi mesa. Tras comer un par de cucharadas, empecé a encontrarme mal. Me ahogaba, el aire no me llegaba. Empecé a estar hinchado, no aguantaba, hasta que me desmayé. Desperté en el hospital, en una habitación aislada, con un solo médico. Era una chica, la única que no creía en aquella estúpida maldición. Me dijo que era alérgico al orégano, y que lo había ingerido. No me di cuenta, pero seguramente aquellos macarrones lo llevaran. Miré a la ventana, y había un búho. Era extraño. Era de día. Solo podía ser una señal. Una fuerte estallido recorrió el hospital. Habían explotado unas bombonas de oxígeno. Nunca antes había oido hablar a cerca de algo parecido. Quizás fuera verdad que aquella estatua estaba maldita. Tras aquello, me echaron del hospital. También del país. Pero no había nadie que quisiera sacarme de este, asi que me dieron un coche, para que me fuera. A los pocos metros, este se estropeó. Nadie quiso tocarlo para arreglarlo, y sin saber muy bien como, acabé en un desierto, perdido en medio de la nada. Me cai de una duna, con tanta suerte que acabé enganchado en el único cáctus que había hasta donde me alcanzaba la vista. Estube un buen tiempo sacando espinas de mi piel, y mi ropa quedó hecha trapos. El asfixiante sol, y la falta de agua, hicieron que a los pocos dias mi cuerpo quedara tendido allí en medio, sin vida, mientras que mi espíritu quedó encerrado dentro de aquel tótem de piedra, en honor a un sucio gobernador, junto con las almas de las otras dos personas que se habían atrevido a tocarla.

Andrés da Silva