-Me
llamo Rafael y me acabo de morir tras una larga enfermedad. Por contra a
lo que la mayoría de la gente podría pensar, no estoy triste por ello,
ya que los 22 años que he vivido han sido fantásticos, pero empezaré por
el principio...
El 14 de Noviembre de 1980 nací en un pequeño pueblo
del norte de España, lugar natal de mi madre. Desde aquí hasta los 5
años, no recuerdo gran cosa, solo lo que mi madre me contó. Ella y yo
vivíamos con mis abuelos, es decir sus padres, los cuales tenían un
perro con el que yo pasaba la mayor parte de mi tiempo, lástima que no
le recuerde, ya que un coche le atropelló cuando tenía 4 años. Con 5
recién cumplidos, mi madre me mandó a la capital de la comarca, con mis
tíos, para que pudiera ir a la escuela. Todos los fines de semana mi
madre iba a verme o mis tíos me llevaban a verla al pueblo. Aunque yo
deseaba ir al pueblo a ver a Sandra, una niña un año mayor que yo, que
vivía en la casa de al lado de la de mi familia, y por aquel entonces,
mi mejor amiga. Solíamos ir a andar en bici, o a cazar gusanos. A ella
le gustaba mucho cantar, es más, lo hacía siempre que podía y se le veía
un gran futuro. Era mi única amiga, ya que en la escuela nadie quería
estar conmigo porque no era de ciudad. No podía estar con Sandra siempre
que iba al pueblo, ya que mi madre se pasaba todo el día trabajando y
yo tenía que ayudarla a hacer algunos trabajos de la casa. Trataba de
hacerlo lo más rápido posible para poder ir a jugar con Sandra. Recuerdo
que una vez fuimos los dos solos a andar en bici, y nos acabamos
perdiendo...
-Rafa, ¿dónde estamos?
-No lo sé, pero creo que ya pasamos por aquí hace un rato.
-¿Nos hemos perdido?, dijo Sandra comenzando a llorar.
-Creo que sí.
De repente, Sandra se aferró a mi brazo con fuerza y gritó:
-¡Vamos a morir!
-No,
tranquilizate Sandra, estamos juntos y no permitiré que te pase nada.
Seguro que nos encuentran en poco tiempo. Le contesté añadiendo una
especie de ritmo para que pareciera una canción mientras le daba un
abrazo. Esto le tranquilizó y se puso a cantar, mientras yo la
acompañaba dando palmas, aunque tras unas cuantas canciones dijo:
-Yo empiezo a tener hambre. Tenía pensado merendar al llegar a casa.
Le ofrecí mi bocadillo y añadí:
-Toma, mi madre me lo preparó para que me lo comiera por el camino, pero no tengo hambre.
Lo cogió, me dio un beso en la mejilla y empezó a comerlo, dando sensación de no recordar que estábamos perdidos:
-Gracias Rafa, pero, ¿Qué harás cuando tengas hambre?
-No te preocupes, cómetelo tu, hoy he comido bien.
Al
rato, escuchamos disparos, y Sandra se asustó mucho más de lo que
estaba, aunque después supimos que fue un hombre del pueblo, que estaba
cazando y el cual nos llevó de vuelta a casa. No recuerdo mucho más del
periodo de mi vida que va hasta los 10 años, simplemente a algunas
personas y algunos lugares, pero situaciones no, ya que tenía una vida
bastante monótona. Recuerdo mi primer día de instituto, estaba en la
parada del autobús, junto a Sandra y mi madre. El autobús llegó y nos
subimos. No pudimos sentarnos juntos ya que la gente solo ocupaba un
asiento y dejaba el otro libre, de manera que no quedaban libres dos
asientos juntos. Me senté con un chico que se llamaba Oscar. No recuerdo
por qué me senté en ese sitio, pero a lo largo del viaje empezamos a
hablar y a conocernos, era también de primero. Sandra se sentó con una
compañera suya, de segundo, al igual que ella. Al llegar, Sandra se fue
con sus amigas y yo, con Oscar. Tuvimos la suerte de que nos tocara
juntos en clase, y al entrar, nos sentamos muy cerca. Salvo escasas
excepciones, la gente de mi clase no conocía a nadie más por lo que
muchos estaban callados, aunque algunos pocos trataban de hacer amigos.
Recuerdo que entraron dos chicas juntas en clase, charlando, y al ver
una de ellas una sensación extraña que nunca antes había sentido me
recorrió el cuerpo. Era una chica con el pelo ondulado, de color castaño
claro, tenía los ojos verdes, y medía aproximadamente un metro
cuarenta. Se sentó delante mío y se me presentó. Se llamaba Ángela, pero
solían llamarla Angie, nombre que se me quedó grabado en la memoria.
Era de un pueblo cercano al mío, del mismo que Oscar, aunque no se
conocían. También se presentó su amiga, pero no presté demasiada
atención, ya que no podía dejar de pensar en Angie, aunque con el paso
del tiempo nos fuimos haciendo amigos, se llamaba Laura. El día pasó con
poco más que destacar, conocí a algunos compañeros y hablé algo más con
Angie. Al volver al pueblo, fui a ver a Sandra y le conté lo que me
pasó en el instituto, incluida esa sensación. Me dijo que eran mariposas
en el estómago, y me asusté un poco, pero luego añadió que solo era el
nombre con el que se conocía, lo que me pasaba era que me había
enamorado de ella. También me dijo que a las chicas les gustaba que les
escribieran cosas románticas, pero que antes de escribirle nada, debería
conocerla mejor. En los días siguientes hablé bastante con ella y me
contó varias cosas sobre si misma, como que le gustaba cantar, al igual
que a Sandra, que su color favorito era el verde, y que vivía con sus
abuelos, porque sus padres estaban trabajando en el extranjero para
tratar de hacer algo de dinero. Todo esto se lo contaba a Sandra.
También me apunté al equipo de fútbol del instituto, junto a Oscar. Me
pusieron de defensa, debido a mi envergadura y a que no era muy bueno.
En cambio Oscar fue colocado de delantero, ya que era rápido y se le
daba bien meter goles. Gracias al fútbol hice algún que otro amigo más.
Recuerdo un partido, contra otro instituto de la zona. El partido era
muy importante, ya que nos jugábamos poder entrar en la liguilla de
ascenso, y Sandra me había dicho que iría a verme, y allí estaba con
algunas amigas. Lo que no me esperaba era ver por el campo a Angie y a
Laura. Un día de esa semana, hablando con ellas salió el tema del fútbol
y me preguntaron a que hora era, pero no mencionaron el aparecer por el
campo. Al ver a Angie me puse muy nervioso y jugué un partido pésimo,
de hecho, por mi culpa, perdimos el partido. Fallé en algunos despejes y
provoqué un penalti. Al final acabé llorando en el vestuario, pero al
salir de allí en dirección a la parada de autobús, me encontré con que
Angie y Laura me estaban esperando en la puerta. Al verme llorando,
vinieron a darme un abrazo y a tratar de consolarme, aunque el simple
hecho de verlas esperándome a la salida, provocó que me olvidara en
parte del partido y volviera a sentir las mariposas que Sandra me había
dicho. Las acompañé hasta su parada y esperé con ellas a que llegara el
autobús. Cuando llegó nos despedimos y me fui a mi parada. Llegué al
pueblo y repetí la rutina del instituto: fui a contárselo a Sandra.
Pensé que era el momento de escribirle algo a Angie, y pese a que Sandra
me dijo que esperara, yo me puse a escribir. Me encerré en mi
habitación y hasta que no tuve algo parecido a una carta romántica no
salí. Era sábado y no había instituto, así que debería esperar hasta el
lunes para poder ver a Angie y leérselo. El tiempo no pasaba y yo me
estaba desesperando, pero por fin, el lunes llegó. Al llegar a clase, la
vi, pero pensé que en medio de clase no era un buen momento para
leérselo. Le dije que le había escrito algo, pero que quería leérselo a
solas. Me dijo que podíamos quedarnos a solas en clase a la hora del
recreo, pero cuando llegó la hora un profesor nos mando salir a todos al
patio. Pensamos en la salida, pero había mucha gente, por lo que
quedamos en que ya buscaríamos un momento. Por la tarde hablé con
Sandra, para variar, y le conté que pretendía escaparme por la noche de
casa para a ir a su pueblo a leérselo, y pese a que me dijo que ni se me
ocurriera, no le hice caso y por la noche fui a ver a Angie. Al llegar a
su casa, tiré unas piedrecitas a su ventana, se asomó sin hacer mucho
ruido, me vio y bajó al banco que había debajo de su casa. Me dijo que
estaba loco, pero me dejó que se lo leyera. Al leérselo me besó, pero
ese beso fue muy breve, ya que tenía que volver a casa. Yo volví a la
mía y tuve las ya nombradas mariposas a lo largo de todo el trayecto. Al
día siguiente, en clase, me dijo que no quería que nadie se enterara de
lo nuestro, al menos por el momento. Empezamos a salir y quedábamos
algunas tardes o noches. Solía ir a su pueblo a verla cada poco tiempo.
Como estaba un poco lejos para ir en bici y yo ya tenía 16 años, se me
pasó por la cabeza sacar el carnet de moto y comprarme una. Al final del
año me echaron del equipo de fútbol, por lo que decidí sacarme el
susodicho carnet y empezar a hacer motocross, ya que había un circuito
cerca de mi casa. El primer día que fui, me impresionó bastante, empecé a
rodar muy despacio, sin hacer saltos, y tomando las curvas muy
cuidadosamente. Pero poco a poco empecé a soltarme, aceleraba cada vez
más y esto me causó varias caídas, pero yo seguía intentándolo, hasta
que un día empece a hacer los saltos. El primero que hice fue un salto
pequeño, pero al verme en el aire solté las manos como acto reflejo y me
di un buen golpe, pero por suerte, tanto la moto como yo estábamos
intactos. Entrené duro hasta lograr hacer el circuito en buen tiempo y
sin caerme. Un chico que también solía entrenar allí me dijo que probara
con la carrera que iba a tener lugar al mes siguiente en ese circuito.
Me pareció una buena idea y decidí apuntarme. Entrené todos los días
hasta la carrera, pero no fue suficiente para no estar nervioso el día
señalado. Angie me dijo que iría a ver la carrera y cumplió su promesa,
fue junto a Laura. También fueron mis abuelos, mi madre, Sandra, y Oscar
con unos amigos. Finalmente acabé cuarto, que para ser la primera vez
no estaba nada mal, pero me llevé un premio a ser el motorista que
realizó los mejores saltos. Al final me felicitaron todos los
anteriormente mencionados y me enteré de que a Laura le apasionaban las
motos, por lo que decidí llevarla a dar una vuelta por la zona. Le
encantó a pesar de haberse manchado al llevarla por un camino de tierra
por el que solía ir con Angie de paseo. Quería hacer el bachiller, pero
en mi instituto no lo había, por lo que tendría que ir a estudiar a una
ciudad cercana. Como no tenía dinero para alquilar una casa ni conocía a
nadie que viviera allí, decidí seguir viviendo en casa e ir a la ciudad
y volver a casa todos los días en mi moto. Apenas había gente cursando
el bachiller, diez personas en el de ciencias y ocho en el de letras,
pero yo no hice amistad con ninguna, tal vez por que llegaba y me iba
cuando sonaba el timbre, mientras que ellos solían quedarse un rato en
la puerta charlando. Durante estos dos años, no pude pasar mucho tiempo
con Angie, y a sabiendas que me tendría que ir a otra provincia para
estudiar en la universidad, ella me dejó. Fue un duro golpe para mi, y
lloré mucho. Sandra me dijo que se me acabaría pasando, pero no acababa
de creérmelo. Yo llevaba muchos años enamorado de Angie, y creo que
nunca dejé de estarlo. Me fui a la universidad de una ciudad que estaba a
cientos de kilómetros de la mía, pero por suerte, allí vivía Rui, un
viejo inmigrante portugués que conocían mis abuelos, y me quedé a vivir
en su casa. Solía cartearme con mi familia, mi madre me mandaba algún
paquete de vez en cuando, y gracias a Sandra, tenía alguna noticia de
Angie. Alguna que otra vez cogía la moto y conducía hasta el pueblo,
pero un día, me caí y me rompí una pierna. Mi madre se asustó mucho,
pero al final no fue para tanto. Estuve un mes en casa, suerte que era
verano y no tenía clase. Sandra pasaba mucho tiempo conmigo, pero yo no
podía dejar de pensar en Angie. En ese tiempo me llegaron algunos
regalos, mayormente bombones, aunque lo que más me gustó fue un disco,
en cuya portada aparecía un bebé desnudo en una piscina persiguiendo un
billete, llamado Nevermind. Era un regalo de Rui. Empecé a escucharlo y
me gustó tanto que, en el mes que estuve en casa no paré de escucharlo. A
raíz de esto me compré una guitarra, que junto a mi moto, se convirtió
en algo inseparable para mí. Sandra me enseñó a tocar, y con el paso del
tiempo, montamos un grupo junto con Oscar, que tocaba la batería, y
Lucía, una amiga de Sandra, que tocaba el bajo. Tocábamos cuando
podíamos y llegamos a dar un concierto en las fiestas del pueblo de
Oscar, Sandra y Luci, al cual asistió Angie. Un sentimiento de felicidad
me recorrió el cuerpo al verla, y al final del concierto, fui a
saludarla. Estuve charlando un rato con ella, y me contó que se iba a
casar. Al oír esto, una sensación extraña y muy desagradable me inundó,
por lo que empecé a comportarme de manera extraña- Me dio una
invitación, pero le puse cualquier excusa, no la recuerdo debido a la
conmoción del momento. Volví a casa entre lágrimas y me pasé la semana
llorando a solas. El viernes cogí la moto y me fui a casa. Estuve horas
con Sandra, y gracias a ella logré recuperarme en parte del duro golpe.
Todos los fines de semana iba al pueblo para poder estar con Sandra, y
poder desahogarme, ya que hay poca gente que sepa escuchar y consolar
como ella. Yo seguía viviendo en casa de Rui, para poder ir a la
universidad. Un día recibí una llamada de Oscar. Entre lágrimas me dijo
que una furgoneta acababa de atropellar a Sandra y estaba muy grave en
el hospital. Al oír esto cogí la moto y fui lo mas rápido que pude al
pueblo, pero al llegar, me contaron que acababa de morir, que no
pudieron hacer nada para evitarlo. Vi a sus padres, a Luci y a Oscar,
todos llorando. Estaban destrozados y me fui corriendo con lágrimas en
la cara, me monté en la moto, y aceleré. Por mi cabeza solo pasaban
Angie y Sandra. Eran las dos mujeres que más quería, y había perdido a
las dos. No sabía que hacer, donde estaba, hacia dónde iba. Vi una curva
que antecedía a un acantilado y solo se me ocurrió seguir hacia
delante. Mi vida ya no tenía sentido, por lo que aceleré para
precipitarme por el acantilado. Al caer me di cuenta de que estaba
muerto, muerto tras una larga enfermedad, el amor.
Andrés da Silva
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