miércoles, 3 de abril de 2013

LA MALDICIÓN DEL SÁTRAPA

Alzó su vista al cielo, pues la enorme estátua del sátrapa tapaba la mayor parte de su visión. Sí, la estatua era de aquel gobernador de la antigua Persia que había alcanzado el poder gracias a la eugenesia, y que debido a su avaricia había sido condenado al ostracismo. A pesar del paso de los años, aquella estatua seguía ahí, quizas por respeto, quizás por miedo a la leyenda de que una maldición yacía sobre ella, la cual afectaba a todo el que la tocase. Impertérrito, decidí tocarla. No noté nada, pero la niña que me vio, comenzó a llorar. Se lo contó a sus padres, y se fueron lo más rápido que pudieron, maldiciendo en su idioma, y provocando el caos a su paso. A las pocas horas, nadie se acercaba a mí, y todos me miraban con desdén. Siempre había sido muy escéptico respecto a los temas de maldiciones. Fui a un restaurante a comer. Todos se levantaron y se fueron, excepto el dueño, el cual tenía más aprecio al dinero que a su vida. Pedí unos macarrones, y no tardó en traerlos a mi mesa. Tras comer un par de cucharadas, empecé a encontrarme mal. Me ahogaba, el aire no me llegaba. Empecé a estar hinchado, no aguantaba, hasta que me desmayé. Desperté en el hospital, en una habitación aislada, con un solo médico. Era una chica, la única que no creía en aquella estúpida maldición. Me dijo que era alérgico al orégano, y que lo había ingerido. No me di cuenta, pero seguramente aquellos macarrones lo llevaran. Miré a la ventana, y había un búho. Era extraño. Era de día. Solo podía ser una señal. Una fuerte estallido recorrió el hospital. Habían explotado unas bombonas de oxígeno. Nunca antes había oido hablar a cerca de algo parecido. Quizás fuera verdad que aquella estatua estaba maldita. Tras aquello, me echaron del hospital. También del país. Pero no había nadie que quisiera sacarme de este, asi que me dieron un coche, para que me fuera. A los pocos metros, este se estropeó. Nadie quiso tocarlo para arreglarlo, y sin saber muy bien como, acabé en un desierto, perdido en medio de la nada. Me cai de una duna, con tanta suerte que acabé enganchado en el único cáctus que había hasta donde me alcanzaba la vista. Estube un buen tiempo sacando espinas de mi piel, y mi ropa quedó hecha trapos. El asfixiante sol, y la falta de agua, hicieron que a los pocos dias mi cuerpo quedara tendido allí en medio, sin vida, mientras que mi espíritu quedó encerrado dentro de aquel tótem de piedra, en honor a un sucio gobernador, junto con las almas de las otras dos personas que se habían atrevido a tocarla.

Andrés da Silva

No hay comentarios:

Publicar un comentario