Cogió un libro y fue al parque al que iba toda las tardes. Al llegar, se sentó en el banco en el que se sentaba siempre. Abrió el libro y empezó a leer. Al poco llegó ella, una chica morena de ojos verdes que siempre iba y se sentaba en el banco de al lado. Llevaban mas de un año con la misma rutina, la cual repetian uno y otro dia, cruzando sus miradas desde la primera vez, pero sin mediar palabra. Ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, aunque los dos estaban enamorados. Un día, él reunió el valor suficiente para sentatse a su lado, en su banco. Siguieron sin hablar, pero al día siguiente, ella le habló. Se llamaba Laura, y su voz era tan perfecta con el resto de su ser. Los dias pasaban, y ahora, estaban mas tiempo charlando que leyendo. Un día, ella no apareció. Ni al siguiente. Ni al otro. De hecho estuvo una semana sin aparecer, durante la cual él siguió yendo, pero solo a leer, mientras las lagrimas empañaban sus ojos. Tras esa semana ella volvió a aparecer, y cuando le vio, corrió a abrazarle. Le explicó que había tenido paperas y que habia estado toda la semana sin salir de la cama.
-Me duelen un poco los labios -dijo ella- mira a ver si tengo algo.
Tras esto él la beso. Jamás había besado a una chica. No sabia si lo estaba haciendo bien, pero no le importó.
-Y ahora, ¿Qué somos? Dijo ella.
-¿Novios? Preguntó él.
-Vale.
Asi comenzó todo. Los años pasaban y raro era el dia en que no estuvieran los dos o al menos uno de ellos. Un día, muchos años después de aquel mágico día, ninguno de ellos apareció. Ni al día siguiente. Ni nunca más. Fue el día en que ella murió. Él pensó en dejar de ir, pues a fin de cuentas ya no tenia demasiado sentido. Pero sabía que ella quería que siguiera yendo a leer. Ese día, se despertó a mitad de la noche, pues una idea penetró con fuerza en su mente. Ya sabia que hacer. Volvió a dormirse. Al llegar la hora esperada, cogió su libro, y salió de casa. Fue al cementerio, y se sentó al lado de la tumba de su amada. Allí, empezó a leer en voz alta, para ella. Mucha gente pensaba que estaba loco, pero él sabia que ella le escuchaba.
Andrés da Silva
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