Estoy en la zona de embarque hacia la libertad, de huir de este mundo, donde las noches son rojo neón, para tratar de disimular el cielo gris ceniza que esconde todas las estrellas, a los pocos que aún queremos verlas. A los pocos que no llevamos trajes color tristeza, ni somos de gatillo fácil a espalda descubierta. Como esos hombres cargados de inviernos en soledad y veranos sin sol, incapaces de bailar con la luna, ni de regalarle flores, porque ya acabaron con todas, siguiendo el ritmo de un triste tango.
Aún recuerdo como era todo antes de que extinguierais las mariposas estomacales, antes de que dejarais de dar importancia a esos lunares de la espalda que a mi tanto me gustan, antes de que los sentimientos murieran por causas naturales. Ya nadie ríe ni llora al meterse en la cama. Nadie aprecia la libertad de encerrarse entre las cuatro paredes de su habitación. No hay valentía para dejarlo todo atrás y empezar de cero. O de diez, según lo hagas.
Y cada vez hay más leyes y menos besos bajo la lluvia. Cada vez hay más Kurt Cobain's, con su mente suicida, que cada vez se parece más a la realidad de la que trato de huir. Donde los niños ya no quieren ser astronautas, ni jugar con playmobil. La umbría rutina hizo que la gente olvidara sus sueños y sus delirios de grandeza, convirtiéndolos en peones sin decisión, enviados a morir a este juego llamado vida.
Andrés da Silva
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