Es realmente rara la sensación que se siente al volver a algún sitio en el que tu vida cambió. Sí, ya sabéis, esos sitios donde estuviste con alguien especial, en un momento especial. Vuelves solo. El sitio sigue, pudo cambiar ligeramente, pero no demasiado, pero la persona no está a tu lado. Sitios insignificantes, que se llenan de significado por alguien o algo. No dejas de pensar en ello. Aquellos magnificos momentos. Momentos que darías tu vida por volver a repetirlos, pero que, pese a todo, sabes que no se repetiran. Ahí es cuando empiezas a llorar. Quieres estar solo. O bueno, con quien estuviste en ese momento, pero al no poder, te decantas por la soledad. Coges un papel y un boli, y empiezas a escribir. Da igual lo que escribas, o la cantidad de lágrimas que hayan caido encima de ese papel, sigues. Estás solo, desaparece todo lo que hay a tu alrededor, excepto lo que en aquel momento había. Y lo que había que ya no hay, aparece. Sigues recordando. Sabes que no lo vas a olvidar nunca, por desgracia. O mejor dicho por suerte. Te das cuenta de lo afortunado que fuiste por vivir aquello. Una pequeña sonrisa se te escapa. Pero no es suficiente para detener el torrente de lágrimas. Es hora de volver. Tampoco es lo mismo. Antes volvías mordiendote los labios, pensando que aun era esa persona quien lo hacía. También pensabas en lo que había ocurrido, pero sabías que al día siguiente, o a los pocos días, volvería a pasar. No dejas de pensar en aquel tiempo. Incluso cuando al volver, volvíais juntos. Pero al llegar, no estás tú, si no, tu soledad. Ella te abraza fuerte, alejandote del mundo, de tu mundo, de esa persona. Y ya no es el folio quien recoge tus lágrimas, si no la vieja almohada que encabeza tu cama, esa que no hay noche que te falle, esa fiel compañera que pase lo que pase, recoge tus lágrimas. Estás a punto de dormirte, y crees que ahí se acaba todo, pero no. Ella se adueña de tus sueños. Ves todos los recuerdos, o quizas nuevas historias aún por escribir en ese material llamado tiempo, de las que te gustaría ser el autor, y el protagonista, junto con ella. Despiertas, y todo sigue igual. Como lo dejaste, como es ahora. Cargado de soledad. Y de lágrimas. Y de recuerdos. Recuerdos grabados con fuego en la memoria.
Andrés da Silva
domingo, 31 de marzo de 2013
lunes, 25 de marzo de 2013
AMOR DE PERROS
Todo comenzó cuando saqué a mi perro a pasear. Iba mirando para un lado, y cuando me di cuenta, había chocado con una chica.
-Lo siento, iba distraido.. Dije.
-No no, fue cuelpa mía, estaba inmersa en mis pensamientos. Por cierto, me llamo Rosa.
Era una chica muy guapa. Me presenté, y fuimos a dar un paseo juntos, con mi perro Tom. Vivía enfrente mio. Fue extraño, pues nunca nos habíamos visto. Hablamos bastante durante el paseo, y la acompañé a casa. Yo me fui a la mía, ya de noche, me metí en la cama y no pude dejar de pensar en ella. Al día siguiente, volvería a sacar el perro a la misma hora para ver si la encontraba. Así fue, otra vez lo mismo. Pero esta vez no cometí el mismo error. Le pedí su número, y quedamos para el día siguiente. Al llegar, me dio un trozo de papel higiénico con algo escrito en él. No sabía que pensar.
-Me desperté a las tres de la mañana con la necesidad de escribirte algo. Sí, estoy loca, me lo dice todo el mundo. Dijo.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza, despertarse a esas horas para escribir, hacerlo en papel higiénico,.. En fin, dejé de darle vueltas, y me puse a leerlo.
Aquel choque me cambió. Chocar y encontrarme esos ojos mirandome, mientras tus labios me pedían perdón, causó en mí una reacción rara. Hizo que yo solo te viera a tí, que no pudiera resistir las ganas de besarte, de abrazarte, o, al menos, de cogerte de la mano. Me cegué demasiado, tanto que no me di cuenta de que llevabas un perro salchicha hasta que me acompañaste al portal. Ahí me diste un par de besos. No eran los que yo quería, pero algo era algo. No se si crees en el amor a primera vista, pero desde luego, yo se que existe.
Tenía un montón de preguntas sobre aquello. No sabía muy bien que hacer, pero cuando me quise dar cuenta, le estaba besando. Después de esto estuvimos saliendo durante bastante tiempo, donde yo, cada vez, la soportaba menos. No hacía nada bien, no me gustaba su ropa, no me gustaba lo que hacía, y todo esto se lo decía. No me podía callar. Ella estaba muy enamorada de mi. Un día no aguanté más y la deje. Fue una discusión absurda, pero le dije que se fuera. Poco después de aquello, se suicidó. Lo hizo a la hora en que yo salía a pasear al perro siempre. Ella saltó por la ventana, un sexto piso. A los dos días me dieron una carta que ella había dejado para mí.
Loca. Eso me lo llamaba a mi misma, lo sabes. Guapa. Eso era lo que me decías tú, muy de vez en cuando. Tonta, eso era lo que realmente era. Estaba enamorada de ti. Nunca lo había estado tanto por alguien, pero el tiempo me demostró que no era lo acertado. Aquel chico bueno con quien había chocado, estaba haciendo de mi vida una mierda. Aquel chico por el que yo daba todo, no lo agradecía, ni correspondía, ni siquiera se daba cuenta. Solo exigia cambio. Haz esto, o esto otro. Poco a poco me fui desenamorando, hasta el día en que me dajste. Lo había dejado todo por ti, para nada. Nada tiene ya sentido, asi que todo va a acabar igual que empezó, conmigo tirada en el suelo.
Andrés da Silva
-Lo siento, iba distraido.. Dije.
-No no, fue cuelpa mía, estaba inmersa en mis pensamientos. Por cierto, me llamo Rosa.
Era una chica muy guapa. Me presenté, y fuimos a dar un paseo juntos, con mi perro Tom. Vivía enfrente mio. Fue extraño, pues nunca nos habíamos visto. Hablamos bastante durante el paseo, y la acompañé a casa. Yo me fui a la mía, ya de noche, me metí en la cama y no pude dejar de pensar en ella. Al día siguiente, volvería a sacar el perro a la misma hora para ver si la encontraba. Así fue, otra vez lo mismo. Pero esta vez no cometí el mismo error. Le pedí su número, y quedamos para el día siguiente. Al llegar, me dio un trozo de papel higiénico con algo escrito en él. No sabía que pensar.
-Me desperté a las tres de la mañana con la necesidad de escribirte algo. Sí, estoy loca, me lo dice todo el mundo. Dijo.
Aquello no tenía ni pies ni cabeza, despertarse a esas horas para escribir, hacerlo en papel higiénico,.. En fin, dejé de darle vueltas, y me puse a leerlo.
Aquel choque me cambió. Chocar y encontrarme esos ojos mirandome, mientras tus labios me pedían perdón, causó en mí una reacción rara. Hizo que yo solo te viera a tí, que no pudiera resistir las ganas de besarte, de abrazarte, o, al menos, de cogerte de la mano. Me cegué demasiado, tanto que no me di cuenta de que llevabas un perro salchicha hasta que me acompañaste al portal. Ahí me diste un par de besos. No eran los que yo quería, pero algo era algo. No se si crees en el amor a primera vista, pero desde luego, yo se que existe.
Tenía un montón de preguntas sobre aquello. No sabía muy bien que hacer, pero cuando me quise dar cuenta, le estaba besando. Después de esto estuvimos saliendo durante bastante tiempo, donde yo, cada vez, la soportaba menos. No hacía nada bien, no me gustaba su ropa, no me gustaba lo que hacía, y todo esto se lo decía. No me podía callar. Ella estaba muy enamorada de mi. Un día no aguanté más y la deje. Fue una discusión absurda, pero le dije que se fuera. Poco después de aquello, se suicidó. Lo hizo a la hora en que yo salía a pasear al perro siempre. Ella saltó por la ventana, un sexto piso. A los dos días me dieron una carta que ella había dejado para mí.
Loca. Eso me lo llamaba a mi misma, lo sabes. Guapa. Eso era lo que me decías tú, muy de vez en cuando. Tonta, eso era lo que realmente era. Estaba enamorada de ti. Nunca lo había estado tanto por alguien, pero el tiempo me demostró que no era lo acertado. Aquel chico bueno con quien había chocado, estaba haciendo de mi vida una mierda. Aquel chico por el que yo daba todo, no lo agradecía, ni correspondía, ni siquiera se daba cuenta. Solo exigia cambio. Haz esto, o esto otro. Poco a poco me fui desenamorando, hasta el día en que me dajste. Lo había dejado todo por ti, para nada. Nada tiene ya sentido, asi que todo va a acabar igual que empezó, conmigo tirada en el suelo.
Andrés da Silva
jueves, 21 de marzo de 2013
DISCRIMINACIÓN
Aún era domingo. Estaba tumbada en el sofá, viendo los Goonies. Sí, ya sabéis, esa peli en la que unos chicos se encuentran un mapa que les guía en la búsqueda de un tesoro, y en la que también sale Sloth, ese "rarito" y deforme, al que su familia tiene encerrado y encadenado en un triste sótano. Sí, sigo hablando de la película, aunque tranquilamente podía hablar del mundo real. Sí, de la sociedad en la que vivimos. Sí, de la sociedad que creamos. Se discrimina a todo el mundo: por la raza, por la religión, por enfermedades,.. Hoy, día del síndrome de down, quiero defender a todo el colectivo que padece esta enfermedad. Sí, a esa gente que tiene esa magia, esos que tienen un cromosoma más. Un cromosoma a cambio de toda la malicia, esa que tenemos el resto de humanos. Esta gente produce en mí una sensibilidad especial, quizá por todo lo que sufren, debido a cientos de cabrones que tratan de joderles. Una musiquilla me sacó de mi paranoia. Eran los anuncios. La película había acabado. Me levanté del sofá y fui a mi cuarto. Escribí todo lo que había pensado y firmé con un seudónimo. Al día siguiente lo colgué en el corcho de mi clase, sin que nadie me viera. A todo el mundo le gustó, hasta hablamos de él en tutoría, pero a pesar de ello, la gente siguió discriminando a Antonio, el chico con síndrome de down que venía a clase, a Amandja, una chica negra, que había venido de África, y a todos los que tenían algo que era diferente de la mayoría, los raros. Y yo seguí sin entenderlo, a mi me parece la mejor gente, ya lo decía el gran Cobain "ellos se ríen de mi por ser diferente, yo me río de ellos porque son todos iguales"
Andrés da Silva
Andrés da Silva
sábado, 16 de marzo de 2013
VUELTA AL COLE
Allí estaba. Años después, volvía a estar en aquella plaza, en la que se encontraba la cárcel donde tuvo que estudiar aquellas cosas que le servirían para ser algo en la vida. También hubo momentos buenos, geniales, con personas que fueron todo dentro de aquellas malditas paredes, pero que desde el día en que las abandonaron pasaron a ser desconocidos. Pero esos ahora no importaban. Lo realmente interesante en ese momento eran los profesores. Sí, esos que debían formarle para ser algo en la vida, pero que lo único que habían hecho, era amargarle la adolescencia. Pero hoy era el día de arreglarlo. Seguía en aquella plaza, observando el colegio, recordando sus tiempos allí, sin moverse.
-Perdone, ¿le pasa algo? Le preguntó una señora que llevaba un rato observándolo.
-No, piérdase. Le respondió él, alterado por haberle sacado de sus pensamientos.
Era la una del mediodía, o al menos, solo había sonado una campanada. Sí. Era el momento. Tocó su bolsillo. Estaba. Avanzó hacia la entrada y logró entrar esquivando al portero. No era muy difícil, pues este a penas hablaba con nadie, ni hacía mucho más que limitarse a estar en su habitáculo. Empezó a rememorar sus tiempos de estudiante. Cuantas mañanas había subido aquellas escaleras. Todo estaba en su sitio. La sala de profesores, las vitrinas de trofeos deportivos, que seguían teniendo las mismas copas que cuando él estudiaba, las orlas,... Por fin llegó al pasillo que buscaba. Se dirigió al aula en la que tanto había sufrido. Permaneció unos instantes quieto, observando por el cristal que tenía la puerta para poder ver el interior. Abrió la puerta, entró, y la cerró. Todo muy tranquilamente. De repente, soltó una risa malévola. Se le escapó. Los niños tenían miedo, pero ninguno se atrevió a decir nada. La cara de la profesora era un poema.
-¿Me recuerdas? Dijo él, sacando de su bolsillo una pistola.
La profesora siguió callada, y él, encañonó su cabeza. Una niña se puso a llorar. Se había olvidado completamente de los niños. No podía robarles lo que les quedaba de infancia dejando que presenciaran aquella escena. Sin dejar de apuntar a la cabeza de la profesora, se giró hacia ellos y les dijo:
-Chicos, iros a casa, tenéis el día libre.
Ellos salieron lentamente, sin hacer ruido. Poco después de que el último saliera, apretó el gatillo. El disparo retumbó en todo el colegio. El cuerpo de la profesora se desplomó. El bullicio hizo que un par de profesores entraran en aquel aula. Corrieron la misma suerte que la anterior profesora. Otro profesor apareció por la puerta. Él, rápidamente, le apunto, pero pronto vio quien era.
-Vete. Tu fuiste de los pocos profesores de los que guardo buen recuerdo. No quiero hacerte nada. Le dijo.
Y tras estas palabras, el profesor se fue, al igual que los niños. Dos balas le quedaban en el cargador. Ningún otro profesor se atrevió a entrar en el aula, así que salió al pasillo. Montones de niños corrían de un lado para otro, gritando y llorando. Faltaba una profesora. Encontrarla era lo único que le importaba en ese momento. Empezaron a sonar sirenas de policía. No tenía mucho tiempo, así que fue corriendo observando todas las clases, hasta encontrarla. En el pasillo de arriba del todo. Allí estaba. Seguía llevando su bata blanca, y sus peinado rizoso, ahora, ya blanco. Le apuntó desde la otra punta del pasillo, pero había niños de por medio y sabía que ella no dudaría en utilizarlos para protegerse. Se acercó a ella, sin dejar de reír. Ella entró un una clase, y trató de bloquear la puerta. Sin mucho esfuerzo, él rompió la cerradura y entró. Apuntó a la profesora y hizo que reculara hasta una ventana que estaba abierta. Cuando esta ya estaba apoyada en la ventana, él disparó. Su cuerpo se precipitó por la ventana, quedando tirado en el patio. La policía entró en el colegio a buscarlo. Su vida no tenía sentido, ni lo había tenido nunca. Solo le quedaba una bala, que introdujo en su sien. Fue su final. El final equivocado para una vida que nunca supo vivir.
Andrés da Silva
-Perdone, ¿le pasa algo? Le preguntó una señora que llevaba un rato observándolo.
-No, piérdase. Le respondió él, alterado por haberle sacado de sus pensamientos.
Era la una del mediodía, o al menos, solo había sonado una campanada. Sí. Era el momento. Tocó su bolsillo. Estaba. Avanzó hacia la entrada y logró entrar esquivando al portero. No era muy difícil, pues este a penas hablaba con nadie, ni hacía mucho más que limitarse a estar en su habitáculo. Empezó a rememorar sus tiempos de estudiante. Cuantas mañanas había subido aquellas escaleras. Todo estaba en su sitio. La sala de profesores, las vitrinas de trofeos deportivos, que seguían teniendo las mismas copas que cuando él estudiaba, las orlas,... Por fin llegó al pasillo que buscaba. Se dirigió al aula en la que tanto había sufrido. Permaneció unos instantes quieto, observando por el cristal que tenía la puerta para poder ver el interior. Abrió la puerta, entró, y la cerró. Todo muy tranquilamente. De repente, soltó una risa malévola. Se le escapó. Los niños tenían miedo, pero ninguno se atrevió a decir nada. La cara de la profesora era un poema.
-¿Me recuerdas? Dijo él, sacando de su bolsillo una pistola.
La profesora siguió callada, y él, encañonó su cabeza. Una niña se puso a llorar. Se había olvidado completamente de los niños. No podía robarles lo que les quedaba de infancia dejando que presenciaran aquella escena. Sin dejar de apuntar a la cabeza de la profesora, se giró hacia ellos y les dijo:
-Chicos, iros a casa, tenéis el día libre.
Ellos salieron lentamente, sin hacer ruido. Poco después de que el último saliera, apretó el gatillo. El disparo retumbó en todo el colegio. El cuerpo de la profesora se desplomó. El bullicio hizo que un par de profesores entraran en aquel aula. Corrieron la misma suerte que la anterior profesora. Otro profesor apareció por la puerta. Él, rápidamente, le apunto, pero pronto vio quien era.
-Vete. Tu fuiste de los pocos profesores de los que guardo buen recuerdo. No quiero hacerte nada. Le dijo.
Y tras estas palabras, el profesor se fue, al igual que los niños. Dos balas le quedaban en el cargador. Ningún otro profesor se atrevió a entrar en el aula, así que salió al pasillo. Montones de niños corrían de un lado para otro, gritando y llorando. Faltaba una profesora. Encontrarla era lo único que le importaba en ese momento. Empezaron a sonar sirenas de policía. No tenía mucho tiempo, así que fue corriendo observando todas las clases, hasta encontrarla. En el pasillo de arriba del todo. Allí estaba. Seguía llevando su bata blanca, y sus peinado rizoso, ahora, ya blanco. Le apuntó desde la otra punta del pasillo, pero había niños de por medio y sabía que ella no dudaría en utilizarlos para protegerse. Se acercó a ella, sin dejar de reír. Ella entró un una clase, y trató de bloquear la puerta. Sin mucho esfuerzo, él rompió la cerradura y entró. Apuntó a la profesora y hizo que reculara hasta una ventana que estaba abierta. Cuando esta ya estaba apoyada en la ventana, él disparó. Su cuerpo se precipitó por la ventana, quedando tirado en el patio. La policía entró en el colegio a buscarlo. Su vida no tenía sentido, ni lo había tenido nunca. Solo le quedaba una bala, que introdujo en su sien. Fue su final. El final equivocado para una vida que nunca supo vivir.
Andrés da Silva
viernes, 15 de marzo de 2013
AÚN ARDE MADRID..
Entré. En una esquina había unas cuantas fotografías antiguas, y una bombilla roja, de las que se usaban para revelarlas. También había un tocadiscos y una gran colección de vinilos. Me llamó mucho la atención que en una de las paredes hubiera un graffiti, uno de Banksy, y justo al lado, un dibujo hecho con tiza. Era extraño, y a la vez bonito. Me encantaba aquel lugar. Podría pasarme toda la vida allí, en aquel bar, pero tan solo tenía esa noche, pues al día siguiente debería coger el tren para volver a Madrid, mi casa. Al ir a la barra a pedir algo para tomar, la vi. Era una chica preciosa. Llevaba un pantalón de rayas anchas azules, una chaqueta vaquera, y un sombrero negro. Me encantaba. Me senté a su lado:
-No eres de por aquí, ¿verdad? Dijo.
-No, ¿como lo sabes?
-Por aquí no suele venir gente como tú..
-¿Y cómo soy yo?
-Normal.
La noche pasó mientras hablábamos. Llegó la mañana y tenía que coger el tren. Se despidió de mí con lágrimas en los ojos. Mientras salía, vi en la puerta un cartel que decía que buscaban camarero. Sí, era mi oportunidad. Mandé odo a la mierda, por ella. Empezaría una nueva vida, con ese trabajo, y a su lado. Y volvería a hacerlo.
Andrés da Silva
-No eres de por aquí, ¿verdad? Dijo.
-No, ¿como lo sabes?
-Por aquí no suele venir gente como tú..
-¿Y cómo soy yo?
-Normal.
La noche pasó mientras hablábamos. Llegó la mañana y tenía que coger el tren. Se despidió de mí con lágrimas en los ojos. Mientras salía, vi en la puerta un cartel que decía que buscaban camarero. Sí, era mi oportunidad. Mandé odo a la mierda, por ella. Empezaría una nueva vida, con ese trabajo, y a su lado. Y volvería a hacerlo.
Andrés da Silva
martes, 12 de marzo de 2013
JEUNE ET CON
El timbre sonó.
-Espero que paseis unas buenas vacaciones. Nos dijo el profesor de Dibujo.
No le prestamos demasiada atención, y rápidamente nos fuimos. Quedamos un rato en la
puerta, charlando. ¡Por fin estábamos de vacaciones! Y encima, sería el mejor verano de
nuestra vida. Tras un rato, nos fuimos a casa. Cuando llegué, saludé a mis padres, y comí,
todo esto muy rápido. Al acabar, me fui a mi habitación, y empecé a preparar la maleta.
Aún tenía algo más de un día para prepararla, pero quería tenerlo todo listo cuanto antes.
Estaba a punto de irme a París con algunos amigos, a un concierto de U2, y gracias a la
compañía aérea, deberíamos quedarnos una semana allí. Metí tres pantalones, ocho
camisetas, dos sudaderas, y dos chupas, más la ropa interior y un par de botas. También
guardé el pijama, y un paraguas. La maleta me parecía pequeña, pero al final resultó ser
una de las más grandes del grupo. Al día siguiente fui a hablar con Raúl, uno de mis
mejores amigos, el cual iba a venir a París. Dimos una vuelta, y hablamos sobre el viaje.
Todos estábamos muy ilusionados, nunca habíamos hecho un viaje así. Iríamos seis, y
habíamos quedado el día siguiente a las diez para coger el autobús hasta el aeropuerto.
Por fin llegó el día. Ese día con el que llevábamos soñando desde hacía más de cuatro
meses, fecha en la que nos enteramos del concierto. Tras despedirnos de padres y demás
familiares, fuimos a la parada del autobús. Quedaban cinco minutos y faltaba Laura.
Como no se diese prisa, iba a perder el autobús que nos llevaría al momento y al lugar
soñados. De repente, empezó a sonar una canción de los U2. ¿Serían alucinaciones? No,
era el móvil de Marta. Era Laura, y le dijo que no podía ir al viaje, que la habían
castigado a estar todo el verano con sus abuelos estudiando, y ya se había puesto en
camino hacia su casa. Todos nos llevamos un gran chasco por ella, ya que le apetecía
mucho. El autobús llegó y subimos. Llegamos al aeropuerto, y cuando nos dimos cuenta,
ya estábamos en París. Era poco más de medio día, y el concierto era al día siguiente.
Teníamos que localizar el hotel, comer algo, y tendríamos la tarde libre. El hotel, era un
hotel que el padre de Raúl nos había conseguido bastante barato. Al llegar, había enfrente
una pizzería, asique fuimos directos. En la comida, empezamos a hablar de que haríamos
por la tarde. Salieron varías propuestas, pero, estábamos en París, y ninguno lo conocía,
asique lo primero que haríamos, sería ir a ver la torre Eiffel. Fuimos hasta allí, y al llegar,
decidimos subir. Yo tenía ganas de subir andando, y Marta también, pero el resto
decidieron subir en ascensor. Nos veríamos en la primera planta. Subimos charlando,
lentamente, leyendo la historia que aparecía en paneles por las escaleras. Llegamos a la
primera planta y el resto aún no habían subido. Normal, había mucha cola para el
ascensor. Dimos una vuelta por allí, vimos los miradores, y tratamos de buscarlos en la
cola, pero no logramos diferenciarlos. Al poco tiempo llegaron. Y una vez juntos,
subimos a la siguiente planta. Una vez arriba, decidimos que lo mejor es que cada uno
fuera por su lado. Anduve bastante por allí, volví a bajar y a subir en varias ocasiones. De
repente, empezó a llover, y entré rápido en la primera puerta que vi. Era un pequeño cine.
Como la puerta estaba al lado de la pantalla, me encontré a toda la gente enfrente mío. No
se veía muy bien, pero la luz proyectada en la pantalla, reflejaba y permitía ver algunos
rostros, o partes de ellos, de la gente del público. Entre todos, destacaban unos ojos del
color de la coca-cola. Eran preciosos, jamás había visto unos así. Traté de sentarme lo
más cerca posible, pero solo quedaba un asiento dos filas por detrás. La película era un
documental sobre la torre, y estaba a punto de acabar. Cuando acabó, las luces se
encendieron, y pude ver el rostro que había estado tratando de imaginar durante el último
cuarto de hora. Superaba con creces todas mis expectativas. Era una chica preciosa. Iba
acompañada por otra chica. Creo que serían más o menos de mi edad. Al salir, había
parado de llover, y decidí seguirlas sigilosamente. Entraron a la cafetería y yo entré
detrás. Al cruzar la puerta, me encontré con Raúl y Marta, y aunque apenas presté
atención a lo que me decían, me senté con ellos. Estuvimos charlando durante un rato.
Bueno, estuvieron, ya que, yo solo estaba pendiente de la chica del cine. Raúl y Marta se
dieron cuenta de que no quitaba la vista de esa mesa, y empezaron a preguntarme si me
gustaba. Les dije que no, pero siguieron insistiendo. Al rato, las dos chicas se levantaron
y se fueron. Al verlo, Raúl se levantó y dijo:
-Ya es hora de irse, ¿no?
Me acababa de salvar la vida. Salimos y fui detrás de ellas de nuevo. Mientras las seguía,
Paula me vio a lo lejos, y al mirar hacia ella, y seguir caminando, tropecé con alguien.
Era la chica, mi chica. Empecé a ponerme colorado, muy colorado.
-Sorry.. digo.. excuse moi. Dije yo con mi penoso acento.
-No pasa nada. Me dijo ella.
¡Tenía una voz preciosa! Y encima hablaba español. Pero debido a mí timidez, decidí
seguir caminando. Acababa de perder la mejor oportunidad de mi vida. Paula y Raúl, que
iban juntos, vieron toda la jugada, lo cual me avergonzaba más. Tras este incidente, no
volví a verla. Cuando volvimos a reunirnos el grupo, Raúl empezó a decirme cosas como
“Ya sois amigos, ¿eh?”. Al decirle que no sabía ni su nombre, empezó reírse de mí, para
concluir con un firme “Bueno, sabes que no la volverás a ver, ¿no?”. Estas palabras me
destrozaron psicológicamente, aunque en mi corazón había algo que me decía que las
volvería a ver. Cogimos el metro para ir al hotel, y en el trayecto, empezamos a hablar de
la torre, lo que habíamos hecho y lo que nos había gustado. Yo estuve callado todo el
tiempo. En mi cabeza solo estaba ella, y no había nada que lograra hacer que la olvidase,
ni por unos instantes. Llegamos al hotel y nos fuimos a las habitaciones. Iban a echarse a
dormir una siesta, pero yo no tenía ganas, así que me puse los cascos, y salí a dar una
vuelta por los alrededores. No vi nada que me resultara muy interesante, asique decidí
volver al hotel. Entré, y me di cuenta de que la cafetería estaba abierta y había gente. Vi
que en una mesa estaban tocando un ukelele, y decidí acercarme. ¡Era mi chica! Me puse
un poco nervioso y no supe como reaccionar. Fui a la barra y pedí una coca cola. Como si
no me hubiera dado cuenta de lo que pasaba en esa mesa, giré la cabeza para observar,
en verdad mirar a la chica, pero ella también me vio. Rápidamente me giré de nuevo. No
sabía que hacer, si ir a verla, o quedarme allí. Finalmente me atreví a ir a su mesa.
-Hola, me suena mucho tu cara, pero no se de que...
-Creo que nos tropezamos en la torre Eiffel. Respondió.
-Ah, es verdad. Lo siento de nuevo. Dije sonriendo. Por cierto, me llamo Roberto, pero
puedes llamarme Robe.
-Yo soy Matilde, encantada. Y esta es mi amiga Ana.
-Encantado. Respondí.
-¿De dónde eres? Me preguntó Ana.
-De Oviedo, Asturias, ¿y vosotras?
-De Almería. Me respondieron.
-Y, ¿qué hacéis por aquí?
-Pues vinimos de viaje de estudios, pero nuestros compañeros fueron a una discoteca, y a
nosotras no nos apetecía, ¿y tú?
-Yo vine con unos amigos a un concierto de U2, pero tenemos que quedarnos una semana
entera por culpa de los vuelos. Les conté. ¿Cuántos días os vais a quedar vosotras?
-Pues la semana entera también.
De repente, empezó a sonarme el móvil.
-Vengo ahora chicas, que me están llamando.. ¿Diga?
-Robe, soy Marta, ¿dónde estás? Vente rápido a la habitación, que tenemos que ir a cenar.
-Id vosotros, que yo no tengo muchas ganas, no os preocupéis por mí.
-Pero, ¿dónde estás?
-No os preocupéis por mí, que ahora estoy ocupado, de noche os veo.
Tras esto, colgué y volví con Matilde y Ana.
Estuvimos un rato charlando, hasta que empezó a entrarnos el hambre:
-¿Qué os parece si vamos a cenar algo? Dijo Ana.
Nos pareció una buena idea. Pero la cosa sería a dónde ir. En primer lugar, ellas fueron a
la habitación a dejar el ukelele, y cuando volvieron, salimos del hotel. Como sabía que
Raúl, Marta, y el resto de mis amigos estarían en la pizzería en la que habíamos comido,
salimos por el otro lado del hotel, y empezamos a caminar, hasta que nos encontramos
con un restaurante italiano, bastante barato. Entramos y nos sentamos allí. Como ellas no
hablaban francés muy bien, y les daba vergüenza, tuve que pedir yo. Pedimos macarrones
los tres, y estaban buenísimos. Al salir de allí vimos un pequeño bar, pero no nos gustó el
ambiente, y decidimos volver al hotel. Al llegar, me preguntaron si quería ir a su
habitación un rato, que tenían música y lo pasaríamos bien. Me hice de rogar, pero desde
el principio tenía claro que mi respuesta iba a ser un sí. Al llegar pusieron música, pero
no muy alta, pues ya era tarde. Charlamos, cantamos, y hasta me enseñaron a bailar.
Cuando ya era bastante tarde, me dijeron si quería quedarme a dormir con ellas, pero
debido a que había quedado con mis amigos, y nos les quería preocupar, y a que al día
siguiente ellas debían madrugar, decidí rechazarlo. Bueno, realmente fue por la timidez,
fui incapaz de decir que sí. Al día siguiente no las podría ver, ya que ellas durante el día
tenían que ir a visitar la ciudad con sus compañeros, y yo por la noche tenía el concierto,
aunque en ese momento, prefería quedarme con ellas, bueno, mejor dicho con Matilde,
antes que ir al concierto de U2. Fui a mi habitación y piqué a la puerta. Me abrió Rubén y
me preguntó que dónde había estado. Le dije que era una larga historia, y que estaba
cansado, que se la contaría al día siguiente. Entré en la habitación y Raúl estaba
durmiendo. Me metí en la cama pero me costó dormirme. En ese rato pensé en muchas
cosas, pero hubo una que destacó entre el resto: vi una chica que me pareció preciosa,
perdí toda esperanza de poder volver a verla, y ahora era amiga mía. Y todo esto en
menos de doce horas. A mitad de la noche, desperté, debido a que a Raúl y a Rubén les
pareció muy gracioso echarme pasta de dientes en la mano, para que me la frotara por la
cara. Pero tras lavarme, volví a dormirme. Me desperté temprano, ya que sabía que
Matilde saldría temprano, y bajé a desayunar, a ver si me la encontraba. Al bajar, vi que
había mucha gente de nuestra edad, y la busqué. Mientras estaba buscando, dos manos
me taparon los ojos. Permanecí inmóvil y callado, hasta que pude ver que era ella. Me dio
un beso en la mejilla y los buenos días.
-¿Qué haces tu por aquí tan temprano? Me dijo.
-Pues nada, que me desperté temprano para tratar de verte en el desayuno. Le dije
sonriendo.
Ella se sonrojó un poco, y de fondo empezaron a escucharse gritos como “Ya ligaste”,
“Vivan los novios” o “Dale tu número” provenientes de sus amigos, pensando que yo no
los entendería.
-No les hagas caso, les gusta fastidiar. Me dijo ella en bajito.
-Chicos, en media hora tenéis que estar en el autobús. Gritó uno de sus profesores.
-Todavía tenemos mucho tiempo, ¿qué te parece si desayunamos juntos en la terraza?
Allí no nos molestarán. Me propuso Matilde.
-Me encantaría. Le contesté.
Salimos a desayunar y estuvimos charlando un rato, hasta que tuvo que irse.
-Tengo que irme ya. Dijo entristecida.
-Jo, y encima hasta mañana no te vuelvo a ver. Añadí apenado. Pero bueno, que se le va a
hacer.. Pasalo bien visitando París.
-Y tu pásalo bien en el concierto. Concluyó.
Subimos a las habitaciones, nos dimos un par de besos, y nos metimos cada uno en
nuestra habitación. Raúl y Rubén seguían durmiendo, así que decidí coger una pequeña
libreta que había llevado, y salir a dar un paseo. Fui a los Campos Elíseos, y me senté en
uno de los bancos que allí había, saqué la libreta, y comencé a escribir. Quizás no tenía
mucho sentido a simple vista, pero yo escribía para mí, y para mí sí que lo tenía.
Permanecí allí un rato, hasta que me cansé, y volví al hotel. Raúl y Rubén seguían
durmiendo, pero como ya eran cerca de las diez, les desperté. No querían levantarse, pero
al final conseguí que lo hicieran. Una vez despiertos, fuimos a buscar a las chicas, y tras
picar un poco a la puerta, conseguimos que se levantaran. Bajaron a desayunar, y yo
aproveché para ducharme. Empezaron a preguntarme que que había hecho la noche
anterior, pero yo les daba largas, les decía que no les iba a contar nada. Fuimos a dar una
vuelta por allí, visitamos Notre Damme, y nos quedamos en el pequeño parque que hay
detrás. Raúl y yo fuimos a comprar unos bocatas a un bar para comer allí todos juntos.
Cuando estábamos llegando al bar, volvió a preguntar que había hecho la noche anterior.
-Bueno, Robe, entonces ¿dónde estuviste esta noche?
-Cosas mías.
Raúl decidió darse por vencido, y dejar de hacerme preguntas sobre el tema. Cuando
volvimos con el resto, Marta dijo:
-¡Eh, que esta noche es el concierto! Después de tanto tiempo esperando..
-Tenemos que ir pronto para poder coger sitio en las primeras filas. Dijo Raúl.
-¿Acabamos de comer y nos vamos ya al concierto? Propuse.
-Hay que ir al hotel a por las entradas..
-Bueno, pues vamos al hotel, las cogemos y nos vamos.
Eso hicimos, fuimos al hotel a cogerlas, y fuimos hacia el concierto. Al llegar ya había
cola, pero según abrieran las puertas, correríamos para coger sitio. Pero aún quedaba
mucho tiempo, y no sabíamos que hacer. De repente, Rubén sacó una baraja de cartas del
bolsillo. No sabía exactamente que hacían ahí, pero nos entretuvimos bastante jugando
con ellas, hasta que llegó la hora. Abrieron las puertas y entramos. No quedamos en la
tercera o cuarta fila, pero centrados. El recinto empezó a llenarse. Salieron al escenario
unos chavales que iban a telonear a U2, y empezaron a tocar. Su estilo era más bien Hard
Rock, y sonaban muy bien. Nadie les conocía, pero a la mayoría de la gente les gustó.
Acabaron y se llevaron una fuerte ovación. Ya era la hora. Ese momento que tanto
tiempo llevábamos esperando. Bono salió al escenario, seguido por The Edge, Clayton y
Mullen. Saludaron al público y empezaron a tocar. Cuando nos dimos cuenta, el concierto
estaba acabando. El grupo se fue del escenario, pero tras la consiguiente ovación,
volvieron a salir para tocar otras dos más. Ya había terminado el concierto, Bono se
despedía, cuando de pronto, The Edge tiró su púa al público. Justo hacia nuestra zona.
Todos saltaron, pero como yo era el más alto, logré cogerla. ¡Tenía una púa de U2!
Rápidamente saqué la cartera, y la guardé en un bolsillo con cremallera para evitar que
me la quitaran. Poco a poco fuimos abandonando el recinto, pero cuando estábamos a
punto de cruzar la puerta, empezó a sonar música de nuevo. ¡Los U2 habían vuelto al
escenario! Mucha gente que ya había salido reclamaba su derecho a asistir al concierto,
pero una vez fuera, ya no se podía volver. Tocaron una única canción: “With or without
you”. Uno de sus temas más famosos, que no habían tocado en el concierto, provocando
el desconcierto entre la gente. Al acabar se despidieron definitivamente, y se fueron, al
igual que nosotros, aunque había gente que por si tocaban alguna más decidieron
quedarse un rato. Volviendo al hotel, cuando ya habíamos pasado toda la marabunta de
gente, decidí sacar la púa para verla.
-¡Tengo la jodida púa de The Edge! ¡Soy el tío más feliz del mundo! Grité.
-¿Me dejas verla? Me dijo Marta estirando el brazo para que se la dejara.
-Solo en mi mano. Contesté.
-¿No te fías de nosotros? Preguntó Raúl.
-Anda Raúl, que nos conocemos. Le dije entre risas.
Era una púa de tamaño normal, azul, y tenía escrito U2 en dorado, un poco desgastado
por el uso. Era una púa normal y corriente, pero nos parecía algo fantástico, alucinante,
mágico. Volvimos al hotel comentando el concierto. Había sido brutal. Habíamos tenido
a los U2 a escasos 5 metros. Llegamos al hotel y era cerca de la una de la mañana. Nos
fuimos a nuestras habitaciones, y nos dormimos rápido. Yo volví a despertarme pronto
para ir a desayunar con Matilde. Estaba cansado, pero no me importaba con tal de verla.
Cuando bajé, ella ya estaba allí. La saludé, y salimos a la terraza de nuevo:
-¿Qué tal el concierto, Robe? Me preguntó.
-Fue brutal, lo pasamos de miedo, y encima conseguí la púa de The Edge.
-¡Guau! ¿La tienes aquí?
-Sí, mira. Dije sacándola para enseñársela
-Como mola.
-Si quieres, esta noche te la dejo para que toques el ukelele. Le dije sonriendo.
-Tocar con una púa que utilizó The Edge... Suena genial.
-Bueno, ¿y tu qué tal ayer? Le pregunté.
-Bah, estuvimos viendo el Louvre, y nos resultó un poco pesado.
Estuvimos hablando un rato más, hasta que les llamaron para irse. Nos despedimos y se
fue.
-¡Matilde! La llamé. ¿Sobre qué hora volverás?
-No lo se seguro, pero sobre las cinco o las seis.
-Ah vale, supongo que estaré en la habitación, llamame cuando llegues.
-Vale. Me dijo con una sonrisa.
Tras despedirnos, volví a la habitación y me eché a dormir otra vez. Cuando me volví a
despertar, los demás aún dormían, a pesar de que era cerca de la una. Decidí marchar a
dar una vuelta. Fui a ver el arco del triunfo, y comí un bocata por la zona. Me llamó
Marta, para ver donde estaba. Les dije que en el arco del triunfo, pero que no tardaría en
ir al hotel. Me dijo que vendrían ellos hasta aquí, que les esperara. Como tenía que hacer
tiempo, me senté en un banco a ver a unos chavales que estaban haciendo break dance.
No lo hacían nada mal, y a la gente les gustaba bastante. Al poco tiempo aparecieron
Marta y compañía. Aún no habían comido, asique fuimos a un kebab que vimos por la
zona. Era bastante temprano todavía, asique propusieron ir a los campos Elíseos. A todos
les pareció una buena idea, pero yo ya había estado. Iba a irme al hotel, pero al final me
convencieron para quedarme. Y como el hotel estaba cerca, podría ir si cansaba o tenía
ganas. Pero aún quedaba algo de tiempo para las cinco, hora a la que más o menos
llegaría Matilde. Anduvimos un poco y nos sentamos en las sillas que había. Cuando
dieron las cinco, dije que estaba cansado, que me iba al hotel, que es que había
despertado pronto. No me pusieron ningún problema, así que me fui. Al llegar, vi el
autobús del grupo de Matilde. Subí, y no me la encontré por el camino, así que supuse
que estaría en la habitación, y hacia allí fui. Al llegar piqué a la puerta. Me abrió Ana.
-Hombre Robe, ¿Qué tal?
-Muy bien, ¿y tu, Ana?
-Bien también.
-Oye, ¿está Matilde?
-Sí, sí, pasa.
Entré en la habitación y estaba tumbada en la cama, viendo la tele.
-¡Hey! Me dijo.
-¿Qué tal?
-Bien, ¿y tú?
-Bien también. Respondí.
-¿Vamos a dar una vuelta?
-Vale.
-¿Vienes, Ana? Le preguntó.
-No, id vosotros que estoy un poco cansada. Respondió.
-¿A dónde quieres ir? Le dije.
-No se, ¿vamos al Hard Rock?
-Vale..
Y tras esto, fuimos a coger el metro para ir, y bajarnos en una estación que no dejaba
prácticamente delante. Entramos y lo recorrimos entero para ver todas las cosas que había
de músicos famosos. Compramos una camiseta de allí cada uno, ella blanca, y yo negra.
Al salir fuimos a la tienda de la Virgin que hay muy cerca. Yo me compré unas chapas y
ella un póster de los Beatles. Al salir, volvimos al hotel a dejar las compras en las
habitaciones. Tras ello, fuimos a dar una vuelta, pero al salir del hotel, nos dimos cuenta
de que al lado, había una pequeña puerta de la que salía una luz tenue y algo de música.
-¿Tú habías visto esa puerta antes?
-No, ¿Y tú?
-Tampoco.
-¿Entramos?
-Vale.
Era un pequeño bar, bastante bohemio, en el que había un concierto de un músico francoafricano.
Había bastante gente y resultaba un poco agobiante, pero era un ambiente único.
Logramos sentarnos en una mesa, y pedimos algo de cenar. El dueño nos dijo que no nos
preocupáramos, que nos traería algo que nos iba a gustar. Seguimos con el concierto,
medio a oscuras, cuando de repente llegó el camarero con dos platos con huevos fritos
con patatas, y un poco de chorizo. Tenían pinta de ser huevos y chorizos de casa, y una
vez que los probamos, nos dimos cuenta de que así era. Cenamos, y cuando acabó el
concierto volvimos al hotel.
-¿Te vienes a dormir conmigo, o hoy tampoco puedes? Me dijo al llegar.
-Bueno anda, si te empeñas.. Contesté, venciendo mi timidez.
-¡Genial!
Al llegar a la habitación, estaba Ana tumbada, viendo la tele.
-¿Os molesto? Dijo ella al vernos.
-No, no, no te preocupes Ana. Le dijo Matilde.
Matilde fue a ponerse el pijama, y yo recordé que no estaba en mi cuarto, así que no tenía
mi pijama, por lo que fui a buscarlo. Raúl me abrió la puerta.
-¿Dónde te metes, tío? Me dijo.
-Na, movidas mías. Vengo a por el pijama nada más. Volveré temprano.
Me puse el pijama y cogí la llave, para poder entrar por la mañana, antes de volver a la
habitación de Matilde. Al llegar, estuvimos un rato bailando, y luego nos metimos en la
cama para quedarnos despiertos, charlando un poco.
-¿A qué hora os tenéis que levantar mañana? Les pregunté.
-A las siete y media nos llaman.
-Cuando os llamen me escondo, y poco después me voy a mi cuarto. Dije.
Tras un rato, nos pusimos a dormir. Ana estaba en su cama, y yo estaba con Matilde en la
suya. Me tumbé boca arriba, y ella se durmió apoyada en mi pecho. Por la mañana
llamaron a la puerta los profesores para avisar. Esperé un poco, les di un par de besos, y
me fui a mi cuarto. Me eché a dormir y soñé con ella. No recordaba con exactitud el
sueño, pero me acordaba de ir a tomar algo con ella. No le di demasiada importancia.
Cuando desperté, como de costumbre, todos seguían durmiendo, y yo me fui. Tenía ganas
de volver a subir a la torre Eiffel, no sabía por qué, pero me apetecía. Hacía bastante frío,
así que cogí la única bufanda que había llevado: la del Real Oviedo. Con ella puesta, fui
hasta la torre, pero empecé a tener calor y la guardé en el bolso del abrigo. Subí, y
escuché algo en asturiano. No sabía quien lo había dicho, pero vi a dos señoras hablando,
y eran ellas. Decidí dar una vuelta por allí, y sacar la bufanda, para ver si alguien me
reconocía. Seguí dando vueltas por allí, hasta que me llamó Marta. Les dije donde estaba,
pero no les apetecía volver a subir, asique quedé en ir al hotel. De la que bajaba, empecé
a escuchar a alguien cantando el himno del Oviedo. Era un chico que tendría como dos o
tres años menos que yo. ¡Cantaba porque había visto mi bufanda! Le saludé, y hablamos
un poco, pero como tenía que irme al hotel, no pude estar mucho con él. Si es que
estamos por todo el mundo, pensé. Bajé rápido y fui al hotel. Al llegar, fui a la habitación
a ver a Marta, Raúl,... Estaban jugando a las cartas, y al verme empezaron a hacerme
preguntas a cerca de la noche anterior.
-¿Dónde dormiste?
-¿Qué haces todo este tiempo?
-¿Con quién andas?
-Son cosas mías. Les dije vacilando. Ah, por cierto, me acabo de encontrar con un chaval
del Oviedo en la torre Eiffel.
-¿Y eso?
-Pues nada, iba con la bufanda puesta, y al ver el escudo, empezó a cantar el himno.
Respondí.
-Qué guay, ¿pero no nos vas a contar nada de lo otro?
-Na, si tarde o temprano os vais a acabar enterando..
-¿Eso quiere decir que nos lo vas a contar?
-No, eso quiere decir que el tiempo dirá cuando os debéis enterar. Zanjé.
-Eres un cabrón, que lo sepas, pero te queremos igual.
Tras este interrogatorio, jugamos un poco a las cartas, hasta que nos entró el hambre.
-¿Dónde comemos hoy? Preguntó Rubén.
-¿Qué tal si comemos en el hotel? Creo que tienen buenos precios. Dijo Raúl.
-Vayamos a mirar.
Bajamos hasta la cafetería, y como no era muy caro, decidimos comer ahí. Comimos
rápido y bien, ya que eran raciones grandes.
-¿Qué hacemos ahora?
-¿Qué os parece si vamos de compras? Propuso Marta.
-Si no hay nada mejor que hacer...
Fuimos a un centro comercial que nos dijeron en recepción. Cada uno fue por su lado,
viendo las tiendas del centro. Yo me compré una camiseta roja de los Ramones y un
vaquero pitillo roto. Cuando andaba buscando al resto, vi una tienda de pulseras,
colgantes,... Entré, pero era todo de chica. De repente se me vino a la cabeza Matilde.
Busqué algo que le pudiera gustar, y vi un colgante con un corazón bastante mono. Pedí
que me lo pusieran en un paquete bonito, lo guardé en la mochila para que Raúl y el resto
no lo vieran, y fui a reunirme con ellos de nuevo. Habían comprado bastantes cosas, se
notaba por la cantidad de bolsas que llevaban. Una vez juntos, cogimos el metro para ir al
hotel, y al llegar, dejamos las bolsas en la habitación. Tras dejarlas, fui a la habitación de
Matilde, no sin antes coger su regalito. Fui a su habitación y ella misma me abrió la
puerta. Ana se había ido con unas amigas, pero ella no tenía ganas, y le dolía un poco la
cabeza. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y me dispuse a sacar el regalo para
dárselo, pero se me ocurrió una idea mejor.
-¿Te apetece ir a dar un paseo? A ver si tomando el aire se te pasa un poco el dolor de
cabeza. Dije sonriendo.
-Bueno, no parece mala idea..
Salimos del hotel y fuimos a los Campos Elíseos, ya que los teníamos al lado. El plan iba
sobre la marcha. Empezamos a andar en dirección al otro extremo. Divisamos la noria, y
Matilde la miraba cada poco.
-¿Te apetece subir? Le pregunté, sabiendo que su respuesta iba a ser afirmativa.
-¡Me encantaría!
Quedaba poco para que mi idea diera sus frutos. Saqué las entradas y subimos. Cuando
estábamos en el punto más alto, saqué el colgante y se lo dí. Al abrir el paquete, y verla,
me besó. Me besó con una de las ciudades más bonitas, como es París, de fondo, en plena
puesta de sol, ¿qué más podía pedir?
-Te quiero, Robe.
-Y yo a ti, Matilde.
La vuelta de la noria acabó, y fuimos al pequeño pub bohemio que había al lado del hotel.
Estaba cerrado, y en la puerta había un cartel de un concierto. Era dentro de una hora, en
el Olympia. Tocaba un tal Damien Saez. No me sonaba de nada, pero Matilde lo había
escuchado alguna vez. Me dijo que era bastante bueno, así que nos decidimos a ir a verlo.
Cuando llegamos estaba a punto de empezar, y nos sentamos en la cuarta fila. Salió al
escenario, recitó un poema, se presentó, y comenzó a tocar. El concierto duró cerca de
dos horas, y estuvo genial. La mayor parte de cosas que decía no las entendíamos, ya que
nuestro francés no era demasiado bueno, pero nos gustó de todas formas. Al acabar
volvimos al hotel.
-¿Hoy vuelves a dormir conmigo, no? Me dijo.
-Claro que sí. Respondí sonriente.
Ella fue a su habitación y yo a la mía, a por el pijama. Apenas saludé a Rubén,
simplemente me puse mi pijama y me fui.
Al llegar, ya estaban en la cama, y yo me metí en la de Matilde.
-¿A que hora os vais mañana? Pregunté.
-A las siete y media, pero no te preocupes, que yo no voy. Dijo Matilde. Hoy se quedó
una chica en el hotel porque estaba mala, asique mañana finjo estar enferma, y me quedo
contigo.
-¡Bua, eso estaría genial! Dije emocionado.
-Cuando piquen a la puerta, tu te metes en el baño y te quedas aquí conmigo. Me sonrió
Matilde.
Estuvimos hablando un rato, hasta que picaron, que me metí en el baño. Ana abrió la
puerta y una profesora entró.
-Venga chicas, a desayunar. Les dijo.
-Es que me encuentro mal. Dijo Matilde. Me duele la garganta bastante.
-Abre la boca, que echo un vistazo.
Matilde abrió un poco la boca.
-No puedo abrirla más, que me duele mucho.
-Va a ser mejor que te quedes aquí, metida en la cama, y que te pongas si tienes, algún
pañuelo en el cuello. Le respondió la profesora, antes de irse.
Salí del bañó y le di un abrazo:
-Estuviste genial, tienes alma de actriz.
-Gracias. Dijo riéndose.
Ana se vistió y bajó a desayunar. Yo fui a mi habitación a ducharme y vestirme, y cuando
el grupo de Matilde se había ido, volví con ella.
-Ya se fueron. Informé.
-¿Bajamos a desayunar?
-Vale.
Estábamos desayunando juntos, cuando vi entrar por la puerta del comedor a Raúl,
Rubén,... Estos dos al verme pusieron una sonrisa malévola, y se dirigieron hacia mi
mesa. Sabía que iban a molestar, pero por suerte Paula se acercó a ellos antes de que
llegaran y les dijo algo al oído, lo que hizo que dieran la vuelta y volvieran a su mesa.
Acabamos de desayunar y nos fuimos, sin que nos dijeran nada. Les miré sonriéndoles, y
continué con Matilde.
-Bueno, ¿qué hacemos hoy?
-¿Vamos a la zona del Sagrado Corazón?
-Vale..
Cogimos un metro y fuimos hasta allí. Dimos un paseo y vimos un poco la zona. Vi una
tienda en la que vendían gorros peruanos de lana, y como hacía tiempo que quería uno, lo
compré. Seguimos caminando y llegamos a la zona en la que hay una gran cantidad de
pintores. Había uno que dibujaba a la gente de manera muy realista. Decidimos que nos
dibujara, pero que hiciera dos dibujos, uno para cada uno. Tardó diez minutos en hacer
cada uno, y nos resultó bastante barato. Seguimos paseando y llegamos al museo de Dalí,
pero no teníamos muchas ganas de una exposición.
-Robe, empiezo a tener algo de hambre. Me dijo Matilde.
-¿Qué quieres comer?
-Me da igual, un pincho me vale.
-¿Miramos en ese pequeño bar?
-Bueno..
Entré en el bar y tenían pinchos. Cogimos un par, y seguimos, comiéndolos por el
camino. Íbamos en dirección al barrio rojo.
-¡Eh Robe, mira una tienda de música!
-¿Entramos a ver que tienen?
-Por supuesto.
Era una pequeña tienda de compra-venta de instrumentos y material musical.
-¿Tiene púas? Preguntó Matilde
-Sí, cuatro a dos euros. Respondió el dependiente enseñando la caja de las púas.
Matilde escogió cuatro, y a la hora de pagar, el dependiente le regaló otra.
-Que guay, tengo púas de París. Dijo Matilde riéndose.
Tras esta pequeña parada, seguimos caminando y llegamos al barrio rojo. Me parecía un
lugar demasiado poco higiénico. Llegamos al Moulin Rouge, donde nos sacamos una
foto. Mientras andábamos por allí, a Matilde le sonó el móvil. Era Ana, estaban en el arco
del triunfo, y no tardarían en volver al hotel. Esto quería decir que Matilde tenía que estar
en la cama cuando llegaran, para que no sospecharan. Volvimos al hotel y entramos por
la puerta de atrás. Se fue a su habitación y yo a la mía. Cuando se fueran los profesores,
me llamaría. Podía tardar, asique salí a dar una vuelta. Vi un videoclub, y entré. Sabía
que Matilde no iba a poder salir, asique decidí ver si había alguna peli interesante, para
que pudiéramos verla juntos. Había un dos por una, por lo que iba a coger dos, pero la
cosa sería escogerlas. Vi una pelicula llamada “La vida soñada de los ángeles”, que no
tenía mala pinta, y una comedia llamada “Bienvenidos al norte”, de la cual había oído
hablar muy bien. Seguí paseando y mi móvil sonó. Era Matilde.
-Robe, los profes ya se fueron, pero no puedo salir de la habitación por si me pillan.
-No te preocupes, voy yo ahora contigo.
-Es que intenté convencerlos de que ya estaba mejor, pero no sirvió de nada, ya que
podría empeorar.
-Bueno, voy yo ahora a verte.
Volví al hotel y fui a su cuarto. Ana abrió la puerta, y me saludó.
-Tengo una sorpresa. Dije.
-¿Qué es? Dijo Matilde.
-Como suponía que no podrías salir, acabo de comprar un par de pelis. Dije sacándolas de
la espalda.
-Oh, ¡qué detallista!
-Una es una comedia y a otra es cine francés, creo que está muy bien.
-Echémoslo a suertes. Dijo Matilde.
Tras ello, salió que veríamos “La vida soñada de los ángeles”, y la pusimos en el dvd que
tenía la tele.
-Ana, ¿quieres quedarte a verla?
-Bueno..
No tumbamos en las camas y la vimos, comentando cada poco que nos parecía.
Estuvimos cerca de las dos horas que dura la película allí tumbados, hasta que llegó el
final, con el cual Matilde rompió a llorar, sobre mi pecho, hasta que logré consolarla. Era
ya de noche, la hora de cenar.
-Yo tengo que irme, que quedé con unas para ir a cenar. Dijo Ana.
-Vale, no pasa nada. Pásalo bien. Le dijo Matilde. Bueno Robe, ¿y nosotros que
hacemos?
-No se, ¿podrás salir?
-No creo que me digan nada por salir a cenar.
-¿Vamos al bar de los conciertos, que así a una mala, estás al lado del hotel?
-Está bien.
Fuimos allí y nos sentamos en una mesa. Pedimos algo para cenar, y nos trajeron lo de la
otra vez, huevos fritos con chorizo. Esta vez iba a actuar una chica francesa. Era de
nuestra edad, y ya daba conciertos es solitario. Cantaba genial, y tocaba acorde con la
voz. Daba gusto cenar así. Llegando al final, preguntó si alguien sabía tocar y cantar.
Sabía que Matilde lo hacía genial, asique decidí animarla a que saliera. Tocó una canción
de los Doors llamada “Alabama Song”, y a la gente le gustó bastante. Escuchar esta
canción, me hizo recordar que Jim Morrison, “El rey Lagarto”, cantante de dicho grupo,
estaba enterrado en París. No podía irme sin visitar su tumba. Cuando Matilde volvió a la
mesa, la felicité por lo bien que lo había hecho. El concierto acabó, y volvimos al hotel.
Por no romper la rutina, fui a mi cuarto a por el pijama, para ir a dormir con ella. Al
entrar, estaban dentro todos.
-Así que esa chica era lo que tenías entre manos, ¿eh Robe? Dijo Rubén.
-Os dije que os acabaríais enterando. Respondí.
-¿Quién es? ¿No nos la vas a presentar?
-Es una chica de Almería, y se llama Matilde, pero no me seáis tocacojones eh.
Siguieron haciéndome preguntas, pero me puse el pijama y me fui con un rotundo:
-Me piro chicos, que me está esperando.
Y tras ello me fui con Matilde. Estábamos muy cansados ya que habíamos caminado
mucho. Así que nos dormimos rápido, sin hablar demasiado. Por la mañana picaron a la
puerta, y me metí en el baño.
-¿Qué tal vas, Matilde? Le dijo la profesora.
-Bien, ya estoy mucho mejor.
-Bueno, pues vestiros y bajad a desayunar.
Al irse la profesora, fui a vestirme, y bajé a desayunar con ella. Iban a ir al Sagrado
Corazón, y volverían después de comer. Quedó en llamarme cuando llegara. Acabó de
desayunar y se fue. Yo fui a la habitación con Raúl y compañía, y estaban durmiendo.
Estaba bastante cansado, asique decidí echarme a dormir un rato. Cuando desperté era
cerca de la una, pero ellos seguían durmiendo. Me duché y les desperté echándoles agua
por encima, como venganza por lo de la pasta de dientes. Se levantaron y se ducharon.
Mientras tanto, estuve viendo los Simpson, pero al ser en francés, no entendí demasiado.
Cuando salieron, fuimos a buscar a las chicas y cuando se arreglaron fuimos a pasear por
los campos Elíseos. Ese día había diez grados bajo cero, y estaban congeladas todas las
fuentes que allí había, y el suelo nevado. Llegamos a la noria, y empecé a acordarme de
Matilde. Se me escapó un sonrisa sin querer.
-Eh, chicos, ¿subimos? Dijo Marta.
Todos querían subir, excepto yo. Quería tener solo un único recuerdo de esa noria, el
recuerdo de Matilde. Ellos subieron y dieron la vuelta entera. Al bajar, comimos unos
pinchos en un puesto que había por la zona. Poco después Matilde me llamó.
-Estoy en el hotel, Robe.
-Yo estoy en los Campos Elíseos con los amigos, voy ahora para ahí. Le respondí.
Fui a ver a Marta, Raúl,...
-Chicos, tengo que irme, os veo de noche.
Volví al hotel y fui directo a la habitación de Matilde.
-¿Qué tal, Matilde?
-Genial, ¿y tú?
-Perfectamente.
-¿Qué podemos hacer? Me dijo.
-Umm.. Ah, sí, ¿qué te parece si vamos a ver la tumba de Jim Morrison?
-¿Está enterrado en París? No lo sabía. Pero ya que lo dices puede estar bien.
Cogimos el metro y nos dejó al lado del cementerio. Estaba todo nevado, y era bastante
grande. Cogimos un plano de tumbas para poder localizarla, y hacia allí fuimos. Nos
costó un poco encontrarla, ya que es una tumba muy pequeña y pobre, debido a las
condiciones en las que “El rey lagarto” murió. Había mas gente conocida enterrada en
dicho cementerio, como por ejemplo Oscar Wilde, al que también fuimos a ver. Era una
tumba bastante grande, y tenía alrededor un cristal en el que había marcas de labios, de
gente que besaba lo besaba, al igual que mensajes escritos. Decidí besar el cristal, y
detrás Matilde besó sobre la marca de mis labios. Esto hizo que me sonrojara un poco. No
había muchas más cosas por la zona, así que volvimos al hotel. Era temprano, asique
Matilde fue a por el ukelele y fuimos a la cafetería. Estuvimos tocando hasta que nos
entró el hambre, que volvimos a ir al bar de los conciertos. Otra vez la cena de siempre, y
otra vez concierto. Esta vez era una banda, me resultaron familiares, pero no sabía de
qué, hasta que me di cuenta de que eran los que habían teloneado a U2. Dieron tanta caña
como en el otro concierto, y, al acabar, me compré un disco suyo. Volvimos al hotel y
nos fuimos a su habitación. Charlamos, y nos dimos cuenta de que iba a ser la última
noche que íbamos a pasar juntos. Decidimos que dormiríamos poco. Hablamos, bailamos,
jugamos, cantamos, pero la noche no pasaba. Llegó Ana, que había estado de fiesta con
unas amigas, y se unió a nosotros, pero no aguantamos mucho, ya que estábamos
cansados y decidimos echarnos. Nos dormimos rápido. La idea de no volver a verla no
me dejaba apenas conciliar el sueño. Desperté varias veces esa noche. La última, cerca de
las seis de la mañana. Aún era de noche, pero quedaba poco para amanecer. Desperté a
Matilde con un beso, pero sin hacer demasiado ruido para no despertar a Ana. Le susurré
al oído
-Vístete, tengo una idea.
Ella no me dijo nada, solo se levantó. Yo fui a vestirme y volví a buscarla. Cogimos el
metro y fuimos a la Torre Eiffel. Aún era de noche, pero subimos. Empezaba a amanecer.
-Aquí fue donde nos vimos por primera vez, ¿qué mejor sitio, para ver amanecer el
último día que vamos a estar juntos? Le dije.
-Te quiero, Robe. Me dijo al oído mientras me abrazaba.
Estuvimos allí un rato. La Torre Eiffel era nuestra, no había nadie más. Volvimos al hotel
a desayunar y a preparar las maletas. Yo tenía que irme antes que ella, ya que mi tren
salía primero. Preparé las maletas, y fui con Matilde. Tenía menos de media hora para
estar con ella, y muy posiblemente no la volvería a ver. Estuve con ella, hablando, hasta
que llegó la hora. La abracé con todas mis fuerzas. Ella lloraba desconsolada, yo intenté
hacerme el fuerte, pero al final, las lágrimas brotaron de mis ojos. Tenía que irme, no
quería, pero debía hacerlo. Fui a mi cuarto, cogí la maleta, y me fui con Raúl, Marta,...
Cogimos un metro hasta la estación de tren. Ellos no me vieron llorar, pero no dije nada
en todo el trayecto.
-Robe, tío, asume que no la volverás a ver. Dijo Rubén en tono burlesco.
Tras esto le eché una mirada asesina.
-Rubén, ¡cállate hostia! Le dijo Paula tratando de tranquilizar un poco los ánimos. ¿No
ves que está jodido?
Por fin llegamos a la estación. La mejor semana de mi vida estaba llegando a su fin, con
un final demasiado triste. Ya no me importaban los U2. Ni la púa de “The Edge”.
Tampoco haber conocido una ciudad tan maravillosa como París Lo único que me
importaba era Matilde. Volver a verla, y estar con ella. No quedaba mucho para que el
tren llegara.
-Yo no lo cojo. Dije.
-¿Qué dices, Robe? Dijo Marta.
-Que me quedo, que voy a irme con Matilde.
-¿Y tus padres?
-Me dan igual.
Mientras discutíamos, vi aparecer al grupo de Matilde a lo lejos, y al verla fui corriendo
hacia ella.
-He decidido que no vuelvo a casa, que me voy contigo. Le dije.
-Estás loco, Robe. ¿Y tu familia?
-Me dan igual, yo solo quiero estar contigo. Perdámonos por el mundo.
Escuchamos un tren llegar. Ambos dirigimos la mirada a la vez hacia él, y tras ello, nos
miramos. No era mí tren. Tampoco era el suyo. Pero, iba a ser el nuestro.
Andrés da Silva
-Espero que paseis unas buenas vacaciones. Nos dijo el profesor de Dibujo.
No le prestamos demasiada atención, y rápidamente nos fuimos. Quedamos un rato en la
puerta, charlando. ¡Por fin estábamos de vacaciones! Y encima, sería el mejor verano de
nuestra vida. Tras un rato, nos fuimos a casa. Cuando llegué, saludé a mis padres, y comí,
todo esto muy rápido. Al acabar, me fui a mi habitación, y empecé a preparar la maleta.
Aún tenía algo más de un día para prepararla, pero quería tenerlo todo listo cuanto antes.
Estaba a punto de irme a París con algunos amigos, a un concierto de U2, y gracias a la
compañía aérea, deberíamos quedarnos una semana allí. Metí tres pantalones, ocho
camisetas, dos sudaderas, y dos chupas, más la ropa interior y un par de botas. También
guardé el pijama, y un paraguas. La maleta me parecía pequeña, pero al final resultó ser
una de las más grandes del grupo. Al día siguiente fui a hablar con Raúl, uno de mis
mejores amigos, el cual iba a venir a París. Dimos una vuelta, y hablamos sobre el viaje.
Todos estábamos muy ilusionados, nunca habíamos hecho un viaje así. Iríamos seis, y
habíamos quedado el día siguiente a las diez para coger el autobús hasta el aeropuerto.
Por fin llegó el día. Ese día con el que llevábamos soñando desde hacía más de cuatro
meses, fecha en la que nos enteramos del concierto. Tras despedirnos de padres y demás
familiares, fuimos a la parada del autobús. Quedaban cinco minutos y faltaba Laura.
Como no se diese prisa, iba a perder el autobús que nos llevaría al momento y al lugar
soñados. De repente, empezó a sonar una canción de los U2. ¿Serían alucinaciones? No,
era el móvil de Marta. Era Laura, y le dijo que no podía ir al viaje, que la habían
castigado a estar todo el verano con sus abuelos estudiando, y ya se había puesto en
camino hacia su casa. Todos nos llevamos un gran chasco por ella, ya que le apetecía
mucho. El autobús llegó y subimos. Llegamos al aeropuerto, y cuando nos dimos cuenta,
ya estábamos en París. Era poco más de medio día, y el concierto era al día siguiente.
Teníamos que localizar el hotel, comer algo, y tendríamos la tarde libre. El hotel, era un
hotel que el padre de Raúl nos había conseguido bastante barato. Al llegar, había enfrente
una pizzería, asique fuimos directos. En la comida, empezamos a hablar de que haríamos
por la tarde. Salieron varías propuestas, pero, estábamos en París, y ninguno lo conocía,
asique lo primero que haríamos, sería ir a ver la torre Eiffel. Fuimos hasta allí, y al llegar,
decidimos subir. Yo tenía ganas de subir andando, y Marta también, pero el resto
decidieron subir en ascensor. Nos veríamos en la primera planta. Subimos charlando,
lentamente, leyendo la historia que aparecía en paneles por las escaleras. Llegamos a la
primera planta y el resto aún no habían subido. Normal, había mucha cola para el
ascensor. Dimos una vuelta por allí, vimos los miradores, y tratamos de buscarlos en la
cola, pero no logramos diferenciarlos. Al poco tiempo llegaron. Y una vez juntos,
subimos a la siguiente planta. Una vez arriba, decidimos que lo mejor es que cada uno
fuera por su lado. Anduve bastante por allí, volví a bajar y a subir en varias ocasiones. De
repente, empezó a llover, y entré rápido en la primera puerta que vi. Era un pequeño cine.
Como la puerta estaba al lado de la pantalla, me encontré a toda la gente enfrente mío. No
se veía muy bien, pero la luz proyectada en la pantalla, reflejaba y permitía ver algunos
rostros, o partes de ellos, de la gente del público. Entre todos, destacaban unos ojos del
color de la coca-cola. Eran preciosos, jamás había visto unos así. Traté de sentarme lo
más cerca posible, pero solo quedaba un asiento dos filas por detrás. La película era un
documental sobre la torre, y estaba a punto de acabar. Cuando acabó, las luces se
encendieron, y pude ver el rostro que había estado tratando de imaginar durante el último
cuarto de hora. Superaba con creces todas mis expectativas. Era una chica preciosa. Iba
acompañada por otra chica. Creo que serían más o menos de mi edad. Al salir, había
parado de llover, y decidí seguirlas sigilosamente. Entraron a la cafetería y yo entré
detrás. Al cruzar la puerta, me encontré con Raúl y Marta, y aunque apenas presté
atención a lo que me decían, me senté con ellos. Estuvimos charlando durante un rato.
Bueno, estuvieron, ya que, yo solo estaba pendiente de la chica del cine. Raúl y Marta se
dieron cuenta de que no quitaba la vista de esa mesa, y empezaron a preguntarme si me
gustaba. Les dije que no, pero siguieron insistiendo. Al rato, las dos chicas se levantaron
y se fueron. Al verlo, Raúl se levantó y dijo:
-Ya es hora de irse, ¿no?
Me acababa de salvar la vida. Salimos y fui detrás de ellas de nuevo. Mientras las seguía,
Paula me vio a lo lejos, y al mirar hacia ella, y seguir caminando, tropecé con alguien.
Era la chica, mi chica. Empecé a ponerme colorado, muy colorado.
-Sorry.. digo.. excuse moi. Dije yo con mi penoso acento.
-No pasa nada. Me dijo ella.
¡Tenía una voz preciosa! Y encima hablaba español. Pero debido a mí timidez, decidí
seguir caminando. Acababa de perder la mejor oportunidad de mi vida. Paula y Raúl, que
iban juntos, vieron toda la jugada, lo cual me avergonzaba más. Tras este incidente, no
volví a verla. Cuando volvimos a reunirnos el grupo, Raúl empezó a decirme cosas como
“Ya sois amigos, ¿eh?”. Al decirle que no sabía ni su nombre, empezó reírse de mí, para
concluir con un firme “Bueno, sabes que no la volverás a ver, ¿no?”. Estas palabras me
destrozaron psicológicamente, aunque en mi corazón había algo que me decía que las
volvería a ver. Cogimos el metro para ir al hotel, y en el trayecto, empezamos a hablar de
la torre, lo que habíamos hecho y lo que nos había gustado. Yo estuve callado todo el
tiempo. En mi cabeza solo estaba ella, y no había nada que lograra hacer que la olvidase,
ni por unos instantes. Llegamos al hotel y nos fuimos a las habitaciones. Iban a echarse a
dormir una siesta, pero yo no tenía ganas, así que me puse los cascos, y salí a dar una
vuelta por los alrededores. No vi nada que me resultara muy interesante, asique decidí
volver al hotel. Entré, y me di cuenta de que la cafetería estaba abierta y había gente. Vi
que en una mesa estaban tocando un ukelele, y decidí acercarme. ¡Era mi chica! Me puse
un poco nervioso y no supe como reaccionar. Fui a la barra y pedí una coca cola. Como si
no me hubiera dado cuenta de lo que pasaba en esa mesa, giré la cabeza para observar,
en verdad mirar a la chica, pero ella también me vio. Rápidamente me giré de nuevo. No
sabía que hacer, si ir a verla, o quedarme allí. Finalmente me atreví a ir a su mesa.
-Hola, me suena mucho tu cara, pero no se de que...
-Creo que nos tropezamos en la torre Eiffel. Respondió.
-Ah, es verdad. Lo siento de nuevo. Dije sonriendo. Por cierto, me llamo Roberto, pero
puedes llamarme Robe.
-Yo soy Matilde, encantada. Y esta es mi amiga Ana.
-Encantado. Respondí.
-¿De dónde eres? Me preguntó Ana.
-De Oviedo, Asturias, ¿y vosotras?
-De Almería. Me respondieron.
-Y, ¿qué hacéis por aquí?
-Pues vinimos de viaje de estudios, pero nuestros compañeros fueron a una discoteca, y a
nosotras no nos apetecía, ¿y tú?
-Yo vine con unos amigos a un concierto de U2, pero tenemos que quedarnos una semana
entera por culpa de los vuelos. Les conté. ¿Cuántos días os vais a quedar vosotras?
-Pues la semana entera también.
De repente, empezó a sonarme el móvil.
-Vengo ahora chicas, que me están llamando.. ¿Diga?
-Robe, soy Marta, ¿dónde estás? Vente rápido a la habitación, que tenemos que ir a cenar.
-Id vosotros, que yo no tengo muchas ganas, no os preocupéis por mí.
-Pero, ¿dónde estás?
-No os preocupéis por mí, que ahora estoy ocupado, de noche os veo.
Tras esto, colgué y volví con Matilde y Ana.
Estuvimos un rato charlando, hasta que empezó a entrarnos el hambre:
-¿Qué os parece si vamos a cenar algo? Dijo Ana.
Nos pareció una buena idea. Pero la cosa sería a dónde ir. En primer lugar, ellas fueron a
la habitación a dejar el ukelele, y cuando volvieron, salimos del hotel. Como sabía que
Raúl, Marta, y el resto de mis amigos estarían en la pizzería en la que habíamos comido,
salimos por el otro lado del hotel, y empezamos a caminar, hasta que nos encontramos
con un restaurante italiano, bastante barato. Entramos y nos sentamos allí. Como ellas no
hablaban francés muy bien, y les daba vergüenza, tuve que pedir yo. Pedimos macarrones
los tres, y estaban buenísimos. Al salir de allí vimos un pequeño bar, pero no nos gustó el
ambiente, y decidimos volver al hotel. Al llegar, me preguntaron si quería ir a su
habitación un rato, que tenían música y lo pasaríamos bien. Me hice de rogar, pero desde
el principio tenía claro que mi respuesta iba a ser un sí. Al llegar pusieron música, pero
no muy alta, pues ya era tarde. Charlamos, cantamos, y hasta me enseñaron a bailar.
Cuando ya era bastante tarde, me dijeron si quería quedarme a dormir con ellas, pero
debido a que había quedado con mis amigos, y nos les quería preocupar, y a que al día
siguiente ellas debían madrugar, decidí rechazarlo. Bueno, realmente fue por la timidez,
fui incapaz de decir que sí. Al día siguiente no las podría ver, ya que ellas durante el día
tenían que ir a visitar la ciudad con sus compañeros, y yo por la noche tenía el concierto,
aunque en ese momento, prefería quedarme con ellas, bueno, mejor dicho con Matilde,
antes que ir al concierto de U2. Fui a mi habitación y piqué a la puerta. Me abrió Rubén y
me preguntó que dónde había estado. Le dije que era una larga historia, y que estaba
cansado, que se la contaría al día siguiente. Entré en la habitación y Raúl estaba
durmiendo. Me metí en la cama pero me costó dormirme. En ese rato pensé en muchas
cosas, pero hubo una que destacó entre el resto: vi una chica que me pareció preciosa,
perdí toda esperanza de poder volver a verla, y ahora era amiga mía. Y todo esto en
menos de doce horas. A mitad de la noche, desperté, debido a que a Raúl y a Rubén les
pareció muy gracioso echarme pasta de dientes en la mano, para que me la frotara por la
cara. Pero tras lavarme, volví a dormirme. Me desperté temprano, ya que sabía que
Matilde saldría temprano, y bajé a desayunar, a ver si me la encontraba. Al bajar, vi que
había mucha gente de nuestra edad, y la busqué. Mientras estaba buscando, dos manos
me taparon los ojos. Permanecí inmóvil y callado, hasta que pude ver que era ella. Me dio
un beso en la mejilla y los buenos días.
-¿Qué haces tu por aquí tan temprano? Me dijo.
-Pues nada, que me desperté temprano para tratar de verte en el desayuno. Le dije
sonriendo.
Ella se sonrojó un poco, y de fondo empezaron a escucharse gritos como “Ya ligaste”,
“Vivan los novios” o “Dale tu número” provenientes de sus amigos, pensando que yo no
los entendería.
-No les hagas caso, les gusta fastidiar. Me dijo ella en bajito.
-Chicos, en media hora tenéis que estar en el autobús. Gritó uno de sus profesores.
-Todavía tenemos mucho tiempo, ¿qué te parece si desayunamos juntos en la terraza?
Allí no nos molestarán. Me propuso Matilde.
-Me encantaría. Le contesté.
Salimos a desayunar y estuvimos charlando un rato, hasta que tuvo que irse.
-Tengo que irme ya. Dijo entristecida.
-Jo, y encima hasta mañana no te vuelvo a ver. Añadí apenado. Pero bueno, que se le va a
hacer.. Pasalo bien visitando París.
-Y tu pásalo bien en el concierto. Concluyó.
Subimos a las habitaciones, nos dimos un par de besos, y nos metimos cada uno en
nuestra habitación. Raúl y Rubén seguían durmiendo, así que decidí coger una pequeña
libreta que había llevado, y salir a dar un paseo. Fui a los Campos Elíseos, y me senté en
uno de los bancos que allí había, saqué la libreta, y comencé a escribir. Quizás no tenía
mucho sentido a simple vista, pero yo escribía para mí, y para mí sí que lo tenía.
Permanecí allí un rato, hasta que me cansé, y volví al hotel. Raúl y Rubén seguían
durmiendo, pero como ya eran cerca de las diez, les desperté. No querían levantarse, pero
al final conseguí que lo hicieran. Una vez despiertos, fuimos a buscar a las chicas, y tras
picar un poco a la puerta, conseguimos que se levantaran. Bajaron a desayunar, y yo
aproveché para ducharme. Empezaron a preguntarme que que había hecho la noche
anterior, pero yo les daba largas, les decía que no les iba a contar nada. Fuimos a dar una
vuelta por allí, visitamos Notre Damme, y nos quedamos en el pequeño parque que hay
detrás. Raúl y yo fuimos a comprar unos bocatas a un bar para comer allí todos juntos.
Cuando estábamos llegando al bar, volvió a preguntar que había hecho la noche anterior.
-Bueno, Robe, entonces ¿dónde estuviste esta noche?
-Cosas mías.
Raúl decidió darse por vencido, y dejar de hacerme preguntas sobre el tema. Cuando
volvimos con el resto, Marta dijo:
-¡Eh, que esta noche es el concierto! Después de tanto tiempo esperando..
-Tenemos que ir pronto para poder coger sitio en las primeras filas. Dijo Raúl.
-¿Acabamos de comer y nos vamos ya al concierto? Propuse.
-Hay que ir al hotel a por las entradas..
-Bueno, pues vamos al hotel, las cogemos y nos vamos.
Eso hicimos, fuimos al hotel a cogerlas, y fuimos hacia el concierto. Al llegar ya había
cola, pero según abrieran las puertas, correríamos para coger sitio. Pero aún quedaba
mucho tiempo, y no sabíamos que hacer. De repente, Rubén sacó una baraja de cartas del
bolsillo. No sabía exactamente que hacían ahí, pero nos entretuvimos bastante jugando
con ellas, hasta que llegó la hora. Abrieron las puertas y entramos. No quedamos en la
tercera o cuarta fila, pero centrados. El recinto empezó a llenarse. Salieron al escenario
unos chavales que iban a telonear a U2, y empezaron a tocar. Su estilo era más bien Hard
Rock, y sonaban muy bien. Nadie les conocía, pero a la mayoría de la gente les gustó.
Acabaron y se llevaron una fuerte ovación. Ya era la hora. Ese momento que tanto
tiempo llevábamos esperando. Bono salió al escenario, seguido por The Edge, Clayton y
Mullen. Saludaron al público y empezaron a tocar. Cuando nos dimos cuenta, el concierto
estaba acabando. El grupo se fue del escenario, pero tras la consiguiente ovación,
volvieron a salir para tocar otras dos más. Ya había terminado el concierto, Bono se
despedía, cuando de pronto, The Edge tiró su púa al público. Justo hacia nuestra zona.
Todos saltaron, pero como yo era el más alto, logré cogerla. ¡Tenía una púa de U2!
Rápidamente saqué la cartera, y la guardé en un bolsillo con cremallera para evitar que
me la quitaran. Poco a poco fuimos abandonando el recinto, pero cuando estábamos a
punto de cruzar la puerta, empezó a sonar música de nuevo. ¡Los U2 habían vuelto al
escenario! Mucha gente que ya había salido reclamaba su derecho a asistir al concierto,
pero una vez fuera, ya no se podía volver. Tocaron una única canción: “With or without
you”. Uno de sus temas más famosos, que no habían tocado en el concierto, provocando
el desconcierto entre la gente. Al acabar se despidieron definitivamente, y se fueron, al
igual que nosotros, aunque había gente que por si tocaban alguna más decidieron
quedarse un rato. Volviendo al hotel, cuando ya habíamos pasado toda la marabunta de
gente, decidí sacar la púa para verla.
-¡Tengo la jodida púa de The Edge! ¡Soy el tío más feliz del mundo! Grité.
-¿Me dejas verla? Me dijo Marta estirando el brazo para que se la dejara.
-Solo en mi mano. Contesté.
-¿No te fías de nosotros? Preguntó Raúl.
-Anda Raúl, que nos conocemos. Le dije entre risas.
Era una púa de tamaño normal, azul, y tenía escrito U2 en dorado, un poco desgastado
por el uso. Era una púa normal y corriente, pero nos parecía algo fantástico, alucinante,
mágico. Volvimos al hotel comentando el concierto. Había sido brutal. Habíamos tenido
a los U2 a escasos 5 metros. Llegamos al hotel y era cerca de la una de la mañana. Nos
fuimos a nuestras habitaciones, y nos dormimos rápido. Yo volví a despertarme pronto
para ir a desayunar con Matilde. Estaba cansado, pero no me importaba con tal de verla.
Cuando bajé, ella ya estaba allí. La saludé, y salimos a la terraza de nuevo:
-¿Qué tal el concierto, Robe? Me preguntó.
-Fue brutal, lo pasamos de miedo, y encima conseguí la púa de The Edge.
-¡Guau! ¿La tienes aquí?
-Sí, mira. Dije sacándola para enseñársela
-Como mola.
-Si quieres, esta noche te la dejo para que toques el ukelele. Le dije sonriendo.
-Tocar con una púa que utilizó The Edge... Suena genial.
-Bueno, ¿y tu qué tal ayer? Le pregunté.
-Bah, estuvimos viendo el Louvre, y nos resultó un poco pesado.
Estuvimos hablando un rato más, hasta que les llamaron para irse. Nos despedimos y se
fue.
-¡Matilde! La llamé. ¿Sobre qué hora volverás?
-No lo se seguro, pero sobre las cinco o las seis.
-Ah vale, supongo que estaré en la habitación, llamame cuando llegues.
-Vale. Me dijo con una sonrisa.
Tras despedirnos, volví a la habitación y me eché a dormir otra vez. Cuando me volví a
despertar, los demás aún dormían, a pesar de que era cerca de la una. Decidí marchar a
dar una vuelta. Fui a ver el arco del triunfo, y comí un bocata por la zona. Me llamó
Marta, para ver donde estaba. Les dije que en el arco del triunfo, pero que no tardaría en
ir al hotel. Me dijo que vendrían ellos hasta aquí, que les esperara. Como tenía que hacer
tiempo, me senté en un banco a ver a unos chavales que estaban haciendo break dance.
No lo hacían nada mal, y a la gente les gustaba bastante. Al poco tiempo aparecieron
Marta y compañía. Aún no habían comido, asique fuimos a un kebab que vimos por la
zona. Era bastante temprano todavía, asique propusieron ir a los campos Elíseos. A todos
les pareció una buena idea, pero yo ya había estado. Iba a irme al hotel, pero al final me
convencieron para quedarme. Y como el hotel estaba cerca, podría ir si cansaba o tenía
ganas. Pero aún quedaba algo de tiempo para las cinco, hora a la que más o menos
llegaría Matilde. Anduvimos un poco y nos sentamos en las sillas que había. Cuando
dieron las cinco, dije que estaba cansado, que me iba al hotel, que es que había
despertado pronto. No me pusieron ningún problema, así que me fui. Al llegar, vi el
autobús del grupo de Matilde. Subí, y no me la encontré por el camino, así que supuse
que estaría en la habitación, y hacia allí fui. Al llegar piqué a la puerta. Me abrió Ana.
-Hombre Robe, ¿Qué tal?
-Muy bien, ¿y tu, Ana?
-Bien también.
-Oye, ¿está Matilde?
-Sí, sí, pasa.
Entré en la habitación y estaba tumbada en la cama, viendo la tele.
-¡Hey! Me dijo.
-¿Qué tal?
-Bien, ¿y tú?
-Bien también. Respondí.
-¿Vamos a dar una vuelta?
-Vale.
-¿Vienes, Ana? Le preguntó.
-No, id vosotros que estoy un poco cansada. Respondió.
-¿A dónde quieres ir? Le dije.
-No se, ¿vamos al Hard Rock?
-Vale..
Y tras esto, fuimos a coger el metro para ir, y bajarnos en una estación que no dejaba
prácticamente delante. Entramos y lo recorrimos entero para ver todas las cosas que había
de músicos famosos. Compramos una camiseta de allí cada uno, ella blanca, y yo negra.
Al salir fuimos a la tienda de la Virgin que hay muy cerca. Yo me compré unas chapas y
ella un póster de los Beatles. Al salir, volvimos al hotel a dejar las compras en las
habitaciones. Tras ello, fuimos a dar una vuelta, pero al salir del hotel, nos dimos cuenta
de que al lado, había una pequeña puerta de la que salía una luz tenue y algo de música.
-¿Tú habías visto esa puerta antes?
-No, ¿Y tú?
-Tampoco.
-¿Entramos?
-Vale.
Era un pequeño bar, bastante bohemio, en el que había un concierto de un músico francoafricano.
Había bastante gente y resultaba un poco agobiante, pero era un ambiente único.
Logramos sentarnos en una mesa, y pedimos algo de cenar. El dueño nos dijo que no nos
preocupáramos, que nos traería algo que nos iba a gustar. Seguimos con el concierto,
medio a oscuras, cuando de repente llegó el camarero con dos platos con huevos fritos
con patatas, y un poco de chorizo. Tenían pinta de ser huevos y chorizos de casa, y una
vez que los probamos, nos dimos cuenta de que así era. Cenamos, y cuando acabó el
concierto volvimos al hotel.
-¿Te vienes a dormir conmigo, o hoy tampoco puedes? Me dijo al llegar.
-Bueno anda, si te empeñas.. Contesté, venciendo mi timidez.
-¡Genial!
Al llegar a la habitación, estaba Ana tumbada, viendo la tele.
-¿Os molesto? Dijo ella al vernos.
-No, no, no te preocupes Ana. Le dijo Matilde.
Matilde fue a ponerse el pijama, y yo recordé que no estaba en mi cuarto, así que no tenía
mi pijama, por lo que fui a buscarlo. Raúl me abrió la puerta.
-¿Dónde te metes, tío? Me dijo.
-Na, movidas mías. Vengo a por el pijama nada más. Volveré temprano.
Me puse el pijama y cogí la llave, para poder entrar por la mañana, antes de volver a la
habitación de Matilde. Al llegar, estuvimos un rato bailando, y luego nos metimos en la
cama para quedarnos despiertos, charlando un poco.
-¿A qué hora os tenéis que levantar mañana? Les pregunté.
-A las siete y media nos llaman.
-Cuando os llamen me escondo, y poco después me voy a mi cuarto. Dije.
Tras un rato, nos pusimos a dormir. Ana estaba en su cama, y yo estaba con Matilde en la
suya. Me tumbé boca arriba, y ella se durmió apoyada en mi pecho. Por la mañana
llamaron a la puerta los profesores para avisar. Esperé un poco, les di un par de besos, y
me fui a mi cuarto. Me eché a dormir y soñé con ella. No recordaba con exactitud el
sueño, pero me acordaba de ir a tomar algo con ella. No le di demasiada importancia.
Cuando desperté, como de costumbre, todos seguían durmiendo, y yo me fui. Tenía ganas
de volver a subir a la torre Eiffel, no sabía por qué, pero me apetecía. Hacía bastante frío,
así que cogí la única bufanda que había llevado: la del Real Oviedo. Con ella puesta, fui
hasta la torre, pero empecé a tener calor y la guardé en el bolso del abrigo. Subí, y
escuché algo en asturiano. No sabía quien lo había dicho, pero vi a dos señoras hablando,
y eran ellas. Decidí dar una vuelta por allí, y sacar la bufanda, para ver si alguien me
reconocía. Seguí dando vueltas por allí, hasta que me llamó Marta. Les dije donde estaba,
pero no les apetecía volver a subir, asique quedé en ir al hotel. De la que bajaba, empecé
a escuchar a alguien cantando el himno del Oviedo. Era un chico que tendría como dos o
tres años menos que yo. ¡Cantaba porque había visto mi bufanda! Le saludé, y hablamos
un poco, pero como tenía que irme al hotel, no pude estar mucho con él. Si es que
estamos por todo el mundo, pensé. Bajé rápido y fui al hotel. Al llegar, fui a la habitación
a ver a Marta, Raúl,... Estaban jugando a las cartas, y al verme empezaron a hacerme
preguntas a cerca de la noche anterior.
-¿Dónde dormiste?
-¿Qué haces todo este tiempo?
-¿Con quién andas?
-Son cosas mías. Les dije vacilando. Ah, por cierto, me acabo de encontrar con un chaval
del Oviedo en la torre Eiffel.
-¿Y eso?
-Pues nada, iba con la bufanda puesta, y al ver el escudo, empezó a cantar el himno.
Respondí.
-Qué guay, ¿pero no nos vas a contar nada de lo otro?
-Na, si tarde o temprano os vais a acabar enterando..
-¿Eso quiere decir que nos lo vas a contar?
-No, eso quiere decir que el tiempo dirá cuando os debéis enterar. Zanjé.
-Eres un cabrón, que lo sepas, pero te queremos igual.
Tras este interrogatorio, jugamos un poco a las cartas, hasta que nos entró el hambre.
-¿Dónde comemos hoy? Preguntó Rubén.
-¿Qué tal si comemos en el hotel? Creo que tienen buenos precios. Dijo Raúl.
-Vayamos a mirar.
Bajamos hasta la cafetería, y como no era muy caro, decidimos comer ahí. Comimos
rápido y bien, ya que eran raciones grandes.
-¿Qué hacemos ahora?
-¿Qué os parece si vamos de compras? Propuso Marta.
-Si no hay nada mejor que hacer...
Fuimos a un centro comercial que nos dijeron en recepción. Cada uno fue por su lado,
viendo las tiendas del centro. Yo me compré una camiseta roja de los Ramones y un
vaquero pitillo roto. Cuando andaba buscando al resto, vi una tienda de pulseras,
colgantes,... Entré, pero era todo de chica. De repente se me vino a la cabeza Matilde.
Busqué algo que le pudiera gustar, y vi un colgante con un corazón bastante mono. Pedí
que me lo pusieran en un paquete bonito, lo guardé en la mochila para que Raúl y el resto
no lo vieran, y fui a reunirme con ellos de nuevo. Habían comprado bastantes cosas, se
notaba por la cantidad de bolsas que llevaban. Una vez juntos, cogimos el metro para ir al
hotel, y al llegar, dejamos las bolsas en la habitación. Tras dejarlas, fui a la habitación de
Matilde, no sin antes coger su regalito. Fui a su habitación y ella misma me abrió la
puerta. Ana se había ido con unas amigas, pero ella no tenía ganas, y le dolía un poco la
cabeza. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y me dispuse a sacar el regalo para
dárselo, pero se me ocurrió una idea mejor.
-¿Te apetece ir a dar un paseo? A ver si tomando el aire se te pasa un poco el dolor de
cabeza. Dije sonriendo.
-Bueno, no parece mala idea..
Salimos del hotel y fuimos a los Campos Elíseos, ya que los teníamos al lado. El plan iba
sobre la marcha. Empezamos a andar en dirección al otro extremo. Divisamos la noria, y
Matilde la miraba cada poco.
-¿Te apetece subir? Le pregunté, sabiendo que su respuesta iba a ser afirmativa.
-¡Me encantaría!
Quedaba poco para que mi idea diera sus frutos. Saqué las entradas y subimos. Cuando
estábamos en el punto más alto, saqué el colgante y se lo dí. Al abrir el paquete, y verla,
me besó. Me besó con una de las ciudades más bonitas, como es París, de fondo, en plena
puesta de sol, ¿qué más podía pedir?
-Te quiero, Robe.
-Y yo a ti, Matilde.
La vuelta de la noria acabó, y fuimos al pequeño pub bohemio que había al lado del hotel.
Estaba cerrado, y en la puerta había un cartel de un concierto. Era dentro de una hora, en
el Olympia. Tocaba un tal Damien Saez. No me sonaba de nada, pero Matilde lo había
escuchado alguna vez. Me dijo que era bastante bueno, así que nos decidimos a ir a verlo.
Cuando llegamos estaba a punto de empezar, y nos sentamos en la cuarta fila. Salió al
escenario, recitó un poema, se presentó, y comenzó a tocar. El concierto duró cerca de
dos horas, y estuvo genial. La mayor parte de cosas que decía no las entendíamos, ya que
nuestro francés no era demasiado bueno, pero nos gustó de todas formas. Al acabar
volvimos al hotel.
-¿Hoy vuelves a dormir conmigo, no? Me dijo.
-Claro que sí. Respondí sonriente.
Ella fue a su habitación y yo a la mía, a por el pijama. Apenas saludé a Rubén,
simplemente me puse mi pijama y me fui.
Al llegar, ya estaban en la cama, y yo me metí en la de Matilde.
-¿A que hora os vais mañana? Pregunté.
-A las siete y media, pero no te preocupes, que yo no voy. Dijo Matilde. Hoy se quedó
una chica en el hotel porque estaba mala, asique mañana finjo estar enferma, y me quedo
contigo.
-¡Bua, eso estaría genial! Dije emocionado.
-Cuando piquen a la puerta, tu te metes en el baño y te quedas aquí conmigo. Me sonrió
Matilde.
Estuvimos hablando un rato, hasta que picaron, que me metí en el baño. Ana abrió la
puerta y una profesora entró.
-Venga chicas, a desayunar. Les dijo.
-Es que me encuentro mal. Dijo Matilde. Me duele la garganta bastante.
-Abre la boca, que echo un vistazo.
Matilde abrió un poco la boca.
-No puedo abrirla más, que me duele mucho.
-Va a ser mejor que te quedes aquí, metida en la cama, y que te pongas si tienes, algún
pañuelo en el cuello. Le respondió la profesora, antes de irse.
Salí del bañó y le di un abrazo:
-Estuviste genial, tienes alma de actriz.
-Gracias. Dijo riéndose.
Ana se vistió y bajó a desayunar. Yo fui a mi habitación a ducharme y vestirme, y cuando
el grupo de Matilde se había ido, volví con ella.
-Ya se fueron. Informé.
-¿Bajamos a desayunar?
-Vale.
Estábamos desayunando juntos, cuando vi entrar por la puerta del comedor a Raúl,
Rubén,... Estos dos al verme pusieron una sonrisa malévola, y se dirigieron hacia mi
mesa. Sabía que iban a molestar, pero por suerte Paula se acercó a ellos antes de que
llegaran y les dijo algo al oído, lo que hizo que dieran la vuelta y volvieran a su mesa.
Acabamos de desayunar y nos fuimos, sin que nos dijeran nada. Les miré sonriéndoles, y
continué con Matilde.
-Bueno, ¿qué hacemos hoy?
-¿Vamos a la zona del Sagrado Corazón?
-Vale..
Cogimos un metro y fuimos hasta allí. Dimos un paseo y vimos un poco la zona. Vi una
tienda en la que vendían gorros peruanos de lana, y como hacía tiempo que quería uno, lo
compré. Seguimos caminando y llegamos a la zona en la que hay una gran cantidad de
pintores. Había uno que dibujaba a la gente de manera muy realista. Decidimos que nos
dibujara, pero que hiciera dos dibujos, uno para cada uno. Tardó diez minutos en hacer
cada uno, y nos resultó bastante barato. Seguimos paseando y llegamos al museo de Dalí,
pero no teníamos muchas ganas de una exposición.
-Robe, empiezo a tener algo de hambre. Me dijo Matilde.
-¿Qué quieres comer?
-Me da igual, un pincho me vale.
-¿Miramos en ese pequeño bar?
-Bueno..
Entré en el bar y tenían pinchos. Cogimos un par, y seguimos, comiéndolos por el
camino. Íbamos en dirección al barrio rojo.
-¡Eh Robe, mira una tienda de música!
-¿Entramos a ver que tienen?
-Por supuesto.
Era una pequeña tienda de compra-venta de instrumentos y material musical.
-¿Tiene púas? Preguntó Matilde
-Sí, cuatro a dos euros. Respondió el dependiente enseñando la caja de las púas.
Matilde escogió cuatro, y a la hora de pagar, el dependiente le regaló otra.
-Que guay, tengo púas de París. Dijo Matilde riéndose.
Tras esta pequeña parada, seguimos caminando y llegamos al barrio rojo. Me parecía un
lugar demasiado poco higiénico. Llegamos al Moulin Rouge, donde nos sacamos una
foto. Mientras andábamos por allí, a Matilde le sonó el móvil. Era Ana, estaban en el arco
del triunfo, y no tardarían en volver al hotel. Esto quería decir que Matilde tenía que estar
en la cama cuando llegaran, para que no sospecharan. Volvimos al hotel y entramos por
la puerta de atrás. Se fue a su habitación y yo a la mía. Cuando se fueran los profesores,
me llamaría. Podía tardar, asique salí a dar una vuelta. Vi un videoclub, y entré. Sabía
que Matilde no iba a poder salir, asique decidí ver si había alguna peli interesante, para
que pudiéramos verla juntos. Había un dos por una, por lo que iba a coger dos, pero la
cosa sería escogerlas. Vi una pelicula llamada “La vida soñada de los ángeles”, que no
tenía mala pinta, y una comedia llamada “Bienvenidos al norte”, de la cual había oído
hablar muy bien. Seguí paseando y mi móvil sonó. Era Matilde.
-Robe, los profes ya se fueron, pero no puedo salir de la habitación por si me pillan.
-No te preocupes, voy yo ahora contigo.
-Es que intenté convencerlos de que ya estaba mejor, pero no sirvió de nada, ya que
podría empeorar.
-Bueno, voy yo ahora a verte.
Volví al hotel y fui a su cuarto. Ana abrió la puerta, y me saludó.
-Tengo una sorpresa. Dije.
-¿Qué es? Dijo Matilde.
-Como suponía que no podrías salir, acabo de comprar un par de pelis. Dije sacándolas de
la espalda.
-Oh, ¡qué detallista!
-Una es una comedia y a otra es cine francés, creo que está muy bien.
-Echémoslo a suertes. Dijo Matilde.
Tras ello, salió que veríamos “La vida soñada de los ángeles”, y la pusimos en el dvd que
tenía la tele.
-Ana, ¿quieres quedarte a verla?
-Bueno..
No tumbamos en las camas y la vimos, comentando cada poco que nos parecía.
Estuvimos cerca de las dos horas que dura la película allí tumbados, hasta que llegó el
final, con el cual Matilde rompió a llorar, sobre mi pecho, hasta que logré consolarla. Era
ya de noche, la hora de cenar.
-Yo tengo que irme, que quedé con unas para ir a cenar. Dijo Ana.
-Vale, no pasa nada. Pásalo bien. Le dijo Matilde. Bueno Robe, ¿y nosotros que
hacemos?
-No se, ¿podrás salir?
-No creo que me digan nada por salir a cenar.
-¿Vamos al bar de los conciertos, que así a una mala, estás al lado del hotel?
-Está bien.
Fuimos allí y nos sentamos en una mesa. Pedimos algo para cenar, y nos trajeron lo de la
otra vez, huevos fritos con chorizo. Esta vez iba a actuar una chica francesa. Era de
nuestra edad, y ya daba conciertos es solitario. Cantaba genial, y tocaba acorde con la
voz. Daba gusto cenar así. Llegando al final, preguntó si alguien sabía tocar y cantar.
Sabía que Matilde lo hacía genial, asique decidí animarla a que saliera. Tocó una canción
de los Doors llamada “Alabama Song”, y a la gente le gustó bastante. Escuchar esta
canción, me hizo recordar que Jim Morrison, “El rey Lagarto”, cantante de dicho grupo,
estaba enterrado en París. No podía irme sin visitar su tumba. Cuando Matilde volvió a la
mesa, la felicité por lo bien que lo había hecho. El concierto acabó, y volvimos al hotel.
Por no romper la rutina, fui a mi cuarto a por el pijama, para ir a dormir con ella. Al
entrar, estaban dentro todos.
-Así que esa chica era lo que tenías entre manos, ¿eh Robe? Dijo Rubén.
-Os dije que os acabaríais enterando. Respondí.
-¿Quién es? ¿No nos la vas a presentar?
-Es una chica de Almería, y se llama Matilde, pero no me seáis tocacojones eh.
Siguieron haciéndome preguntas, pero me puse el pijama y me fui con un rotundo:
-Me piro chicos, que me está esperando.
Y tras ello me fui con Matilde. Estábamos muy cansados ya que habíamos caminado
mucho. Así que nos dormimos rápido, sin hablar demasiado. Por la mañana picaron a la
puerta, y me metí en el baño.
-¿Qué tal vas, Matilde? Le dijo la profesora.
-Bien, ya estoy mucho mejor.
-Bueno, pues vestiros y bajad a desayunar.
Al irse la profesora, fui a vestirme, y bajé a desayunar con ella. Iban a ir al Sagrado
Corazón, y volverían después de comer. Quedó en llamarme cuando llegara. Acabó de
desayunar y se fue. Yo fui a la habitación con Raúl y compañía, y estaban durmiendo.
Estaba bastante cansado, asique decidí echarme a dormir un rato. Cuando desperté era
cerca de la una, pero ellos seguían durmiendo. Me duché y les desperté echándoles agua
por encima, como venganza por lo de la pasta de dientes. Se levantaron y se ducharon.
Mientras tanto, estuve viendo los Simpson, pero al ser en francés, no entendí demasiado.
Cuando salieron, fuimos a buscar a las chicas y cuando se arreglaron fuimos a pasear por
los campos Elíseos. Ese día había diez grados bajo cero, y estaban congeladas todas las
fuentes que allí había, y el suelo nevado. Llegamos a la noria, y empecé a acordarme de
Matilde. Se me escapó un sonrisa sin querer.
-Eh, chicos, ¿subimos? Dijo Marta.
Todos querían subir, excepto yo. Quería tener solo un único recuerdo de esa noria, el
recuerdo de Matilde. Ellos subieron y dieron la vuelta entera. Al bajar, comimos unos
pinchos en un puesto que había por la zona. Poco después Matilde me llamó.
-Estoy en el hotel, Robe.
-Yo estoy en los Campos Elíseos con los amigos, voy ahora para ahí. Le respondí.
Fui a ver a Marta, Raúl,...
-Chicos, tengo que irme, os veo de noche.
Volví al hotel y fui directo a la habitación de Matilde.
-¿Qué tal, Matilde?
-Genial, ¿y tú?
-Perfectamente.
-¿Qué podemos hacer? Me dijo.
-Umm.. Ah, sí, ¿qué te parece si vamos a ver la tumba de Jim Morrison?
-¿Está enterrado en París? No lo sabía. Pero ya que lo dices puede estar bien.
Cogimos el metro y nos dejó al lado del cementerio. Estaba todo nevado, y era bastante
grande. Cogimos un plano de tumbas para poder localizarla, y hacia allí fuimos. Nos
costó un poco encontrarla, ya que es una tumba muy pequeña y pobre, debido a las
condiciones en las que “El rey lagarto” murió. Había mas gente conocida enterrada en
dicho cementerio, como por ejemplo Oscar Wilde, al que también fuimos a ver. Era una
tumba bastante grande, y tenía alrededor un cristal en el que había marcas de labios, de
gente que besaba lo besaba, al igual que mensajes escritos. Decidí besar el cristal, y
detrás Matilde besó sobre la marca de mis labios. Esto hizo que me sonrojara un poco. No
había muchas más cosas por la zona, así que volvimos al hotel. Era temprano, asique
Matilde fue a por el ukelele y fuimos a la cafetería. Estuvimos tocando hasta que nos
entró el hambre, que volvimos a ir al bar de los conciertos. Otra vez la cena de siempre, y
otra vez concierto. Esta vez era una banda, me resultaron familiares, pero no sabía de
qué, hasta que me di cuenta de que eran los que habían teloneado a U2. Dieron tanta caña
como en el otro concierto, y, al acabar, me compré un disco suyo. Volvimos al hotel y
nos fuimos a su habitación. Charlamos, y nos dimos cuenta de que iba a ser la última
noche que íbamos a pasar juntos. Decidimos que dormiríamos poco. Hablamos, bailamos,
jugamos, cantamos, pero la noche no pasaba. Llegó Ana, que había estado de fiesta con
unas amigas, y se unió a nosotros, pero no aguantamos mucho, ya que estábamos
cansados y decidimos echarnos. Nos dormimos rápido. La idea de no volver a verla no
me dejaba apenas conciliar el sueño. Desperté varias veces esa noche. La última, cerca de
las seis de la mañana. Aún era de noche, pero quedaba poco para amanecer. Desperté a
Matilde con un beso, pero sin hacer demasiado ruido para no despertar a Ana. Le susurré
al oído
-Vístete, tengo una idea.
Ella no me dijo nada, solo se levantó. Yo fui a vestirme y volví a buscarla. Cogimos el
metro y fuimos a la Torre Eiffel. Aún era de noche, pero subimos. Empezaba a amanecer.
-Aquí fue donde nos vimos por primera vez, ¿qué mejor sitio, para ver amanecer el
último día que vamos a estar juntos? Le dije.
-Te quiero, Robe. Me dijo al oído mientras me abrazaba.
Estuvimos allí un rato. La Torre Eiffel era nuestra, no había nadie más. Volvimos al hotel
a desayunar y a preparar las maletas. Yo tenía que irme antes que ella, ya que mi tren
salía primero. Preparé las maletas, y fui con Matilde. Tenía menos de media hora para
estar con ella, y muy posiblemente no la volvería a ver. Estuve con ella, hablando, hasta
que llegó la hora. La abracé con todas mis fuerzas. Ella lloraba desconsolada, yo intenté
hacerme el fuerte, pero al final, las lágrimas brotaron de mis ojos. Tenía que irme, no
quería, pero debía hacerlo. Fui a mi cuarto, cogí la maleta, y me fui con Raúl, Marta,...
Cogimos un metro hasta la estación de tren. Ellos no me vieron llorar, pero no dije nada
en todo el trayecto.
-Robe, tío, asume que no la volverás a ver. Dijo Rubén en tono burlesco.
Tras esto le eché una mirada asesina.
-Rubén, ¡cállate hostia! Le dijo Paula tratando de tranquilizar un poco los ánimos. ¿No
ves que está jodido?
Por fin llegamos a la estación. La mejor semana de mi vida estaba llegando a su fin, con
un final demasiado triste. Ya no me importaban los U2. Ni la púa de “The Edge”.
Tampoco haber conocido una ciudad tan maravillosa como París Lo único que me
importaba era Matilde. Volver a verla, y estar con ella. No quedaba mucho para que el
tren llegara.
-Yo no lo cojo. Dije.
-¿Qué dices, Robe? Dijo Marta.
-Que me quedo, que voy a irme con Matilde.
-¿Y tus padres?
-Me dan igual.
Mientras discutíamos, vi aparecer al grupo de Matilde a lo lejos, y al verla fui corriendo
hacia ella.
-He decidido que no vuelvo a casa, que me voy contigo. Le dije.
-Estás loco, Robe. ¿Y tu familia?
-Me dan igual, yo solo quiero estar contigo. Perdámonos por el mundo.
Escuchamos un tren llegar. Ambos dirigimos la mirada a la vez hacia él, y tras ello, nos
miramos. No era mí tren. Tampoco era el suyo. Pero, iba a ser el nuestro.
Andrés da Silva
domingo, 10 de marzo de 2013
BESO
Un beso. Capaz de empezar la historia más bonita, y capaz de ponerle fin. Es eso que se busca durante tanto tiempo, de una persona concreta. Esa persona por la que matarías, y por la que morirías, pero que, hasta ese beso, suele no saberlo. No hay una forma de explicarlos. Dos labios que se rozan. Eso es lo que se ve, pero lo bonito es lo que hay detrás: amor, pasión, deseo, sueños,.. Sueñas con alguien, deseas que sus labios se fundan con los tuyos, pero, en la mayoría de los casos, sabes que no ocurrirá, pero lo deseas con todas tus fuerzas. Cuando llega el día del primer beso, explotas. Tu cuerpo es un batido de sensaciones buenas, de ver que ese momento en el que no dejabas de pensar últimamente, se cumplió. Tienes novia. O hay algo con esa chica. Sientes que tenéis algo que os junta, que hace que esteis genial cuando estáis juntos.
Andrés da Silva
Andrés da Silva
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