Ella paseaba.
Él la observaba. Era preciosa. Sus pelo, su cuerpo, sus ojos, su nariz, su todo.
Ella ignoraba.
Él un día le habló.
Ella le respondió, tal vez su nombre.
Él se sonrojó un poco
Ella seguía paseando.
Él, ahora, la acompañaba.
Ella, un día, le dio un beso en la mejilla.
Él lo quería en la boca.
Ella quería hacer algo.
Él la acompañaba.
Ella quería estar con sus amigas.
Él, solo con ella.
Ella le decía que lo quería.
Él lo demostraba.
Ella le reprochaba todo.
Él se callaba.
Ella le decía que solo le hacía daño.
Él lloraba por las noches, con su almoada, poniendo buena cara a la gente.
Ella, apareció un día con otro chico.
Él, en ese momento, murió por dentro.
Ella seguía siendo feliz.
Él estaba destrozado.
Ella seguía igual que antes, solo que ya no era él quien le acompañaba.
Él yacía en su alfombra, con un revolver en la mano, y una bala en la cabeza.
Ella, ni siquiera le recordaba.
Andrés da Silva
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